Vivía en un cementerio, su padre era el sepulturero y, junto a su madre y sus hermanos compartían y crecían en una casa anexa a la sacristía. Claro, jugar entre las tumbas, esconderse en los panteones y correr entre bloques de nichos era para él tan normal como ver ponerse el sol todos los días. En el colegio aprendió a sentir algo parecido al orgullo cuando comprobó el efecto que provocaba entre sus compañeros decir que vivía entre los muertos. Ojos y bocas muy abiertas que, por puros azares del destino, desembocaron en admiración y respeto en lugar de burla, quizá por su aspecto, grandote, cejijunto, malcarado y silencioso.
Su madre era un alma sencilla y alegre a la que no le preocupaba que sus hijos crecieran en un sacrosanto. Pasaba su tiempo con ellos y comprobaba que, a pesar de las muchas normas y horarios que debían respetar, eran los usufructuarios de un pequeño y soleado terreno. Podían correr y saltar a su antojo, seguros entre los muros que lo delimitaban y no había muchachos tan lozanos y robustos como él y sus hermanos en todo el pueblo. Se sentía contenta y casi una privilegiada.
Su padre era también una persona silenciosa, grande y fuerte, con una continua expresión de contenida pena en su rostro. Cuando se presentó a solicitar el empleo, el sacristán no pudo imaginar mejor comparsa para oficiar los funerales que aquel gigantón, que más parecía un monumento a la tristeza que un sepulturero y no dudó en concederle el puesto. Ya de naturaleza silenciosa, los primeros años que ejerció su cargo fue todavía más hermético, de una manera instintiva se sentía avergonzado por no haber encontrado una forma mejor para sacar adelante a su familia. Si bien la vergüenza era como un pequeño pero cierto caparazón que llevaba consigo desde que comprendió que lo suyo no eran los libros, o más bien, desde que sus padres, médico y maestra respectivamente, lo comprendieron, aunque nunca acabaran de entender cómo habían parido un hijo tan diferente a ellos y a sus hermanos.
Pues bien, las gentes del pueblo se acostumbraron a asociar su presencia con la muerte, a sentirse tristes cuando aparecía, como si no pudieran evitar imitar su máscara de pena. Quizá hubiera acabado siendo un borracho si su naturaleza hubiera sido un poco menos bondadosa o responsable, o si simplemente se le hubiera ocurrido tomarse un coñac en lugar de su acostumbrado café con leche. Gaseosa en verano. Poco a poco se le fue pasando la vergüenza, como se le pasa a la gente el luto por alguien perdido, delante de sus ojos veía una esposa feliz y cariñosa y unos hijos sanos y respetuosos y la tristeza tornose de forma cadenciosa pero continua en satisfacción y serenidad, dejando atrás para siempre su pequeño y cierto caparazón de tristeza.
Los tres hermanos varones salieron al padre y ninguno de ellos era demasiado amante de los libros y el estudio, con lo que quedaba definitivamente confirmado que la herencia brillante de los abuelos paternos resultaba, también, definitivamente enterrada en algún escondido pliegue genético.
Alba María era la más pequeña de los hermanos, la única niña y, al contrario que los demás, había salido a su madre. Alegre, parlanchina, menuda y frágil. Ella sola hablaba más que su padre y todos sus hermanos juntos aunque, los primeros años de su vida, fue un continuo desvelo para sus padres. A menudo caía enferma o padecía algún accidente en su afán de seguir a sus hermanos mayores en todo cuanto hacían. No podía saltar tan alto, correr tan rápido ni pegar tan fuerte como cualquiera de ellos hacían sin el menor esfuerzo. Él, el mayor de los hermanos, siempre estaba pendiente de ella, girando la cabeza cada dos minutos para comprobar si los seguía, buscándola con la mirada ansiosamente cuando no sentía su charla ininterrumpida, desde que nació la tomó bajo su protección silenciosa pero poderosamente. Rara vez la tocaba o le prodigaba cualquier tipo de mimo, pero cuando la velaba en sus fiebres su mirada era tan intensa que pareciera que la quisiera sanar a fuerza de fruncir el ceño. Su madre ya había renunciado a intentar separarlos cuando Alba María caía enferma. Se preocupaba por él, porque no podía ser sano pasar la noche sin dormir, sin otra dedicación que mirar sin pestañear a su hermana, pero también se sentía enternecida por el amor fraternal que él sentía. También aprendió a descifrar el estado de la salud de su hija según el grado de concentración de su hermano. Cuando él se levantaba y, agotado, volvía a su cama, su madre sabía ya que a las pocas horas Alba María iba a amanecer otra vez con apetito y ganas de parlotear.
Los años pasaron y él, el hermano mayor, pareció heredar la máscara de tristeza que otrora llevara su padre, su silueta de gigante insensible no se correspondía con su corazón tan vulnerable como un pajarillo, con unos ojos que, a menudo, parecían ver el drama detrás del más insignificante de los objetos, de las situaciones, con unos brazos que podían mantener un carro en vilo pero que, a menudo, caían inertes e inermes, con unas piernas que vadeaban los más vivos arroyos pero que, a menudo, no podían mantener el peso de sus propias lágrimas. Sólo su enormidad se veía reconciliada junto a Alba María, su agitación calmada, su fatiga vencida, su alma amansada.
Mario era el hijo del lechero, un muchacho enclenque del que Alba María cayó enamorada. Era huérfano de madre y su padre nunca se había preocupado demasiado de él, bienpensando que los hijos se crían prácticamente solos con un poco de pan con leche y unos pocos estudios. Su estrafalaria, aunque inconsciente, forma de vestir y su forma callada de caminar llamaron la atención de Alba María, su aire tranquilo, un rostro hermoso y una mirada bondadosa hicieron el resto. Se enamoraron como se enamoran los jóvenes y se querían como se quieren los ancianos. Todas las tardes oían el timbre de la bicicleta del hijo del lechero y todas las noches volvía Alba María con los ojos todavía más iluminados y con la vida rebosando por todos los poros. Todas las tardes él se quedaba recelando, inquieto y paseando por el cementerio como una fiera enjaulada y todas las noches, cuando ella volvía parecía como si le volvieran a dar permiso para respirar y quedar tranquilo.
A Mario lo hirieron un día, en una tarde como cualquier otra, montado en su bicicleta camino del cementerio, pedaleando todo lo rápido que sus piernas le permitían, un coche forastero lo arroyó y, sin mirar atrás, se dio a la fuga, dejando al hijo del lechero inmóvil sobre el camino, a unos pocos metros de su destino, con apenas un hilo de vida que él, con los ojos muy abiertos y solo pensando en Alba María, se resistía y resistía a soltar.
Pasó la tarde y nadie pasó por el camino hasta que, entre sus lágrimas, Mario lo vio a él, al enorme hermano de Alba María, al hijo del sepulturero, a aquel gigantón triste que lo miraba torvamente siempre que la iba a recoger y que ahora lo recogía del suelo como si fuera una bolsa de trapos. Aguantó el dolor hasta que llegaron al cementerio y pudo ver a la otra mitad de su corazón, tan rota como él, corriendo a su encuentro. Después, cayó desvanecido.
Cuando despertó volvió a verlo a él, al gigante triste, estaban los dos solos en una habitación oscura, si bien había una tercera persona que no alcanzaba a distinguir con claridad, como si fuera alguien desenfocado. También los oyó hablar, aunque la boca del hermano de Alba María seguía tan cerrada como siempre. Le gustó el sonido de su voz, suave, cálida y reconfortante, pero también firme y decidida. Nunca antes le había escuchado hablar y aunque no entendía nada de lo que decían, se sentía cada vez mejor, no se preguntó nada, ni dónde estaba, ni quién era la tercera persona ni por qué, cada vez que la miraba, parecía como si cayera una lluvia sobre sus ojos, ni siquiera se preocupó de no encontrar a Alba María a su lado. Confiado y tranquilo, volvió a cerrar los ojos y durmió.
Sus padres no lo habían educado para odiar, y él no podía soportar ver cómo su hermana se moría por dentro tan rápido como se estaba muriendo Mario. Como otras tantas veces hiciera con Alba María, lo veló durante varios días seguidos, manteniéndose despierto, a la espera de que llegara ella, la muerte, para intentar convencerla de no llevarse esa vida consigo. A la parca no le sorprendió demasiado encontrarlo allí, durante los últimos años, siempre que había pasado por la casa del sepulturero de aquel pueblo perdido, allí se encontraba con aquel chico que nunca parecía dejar de crecer, que le miraba fijamente y le hablaba con dulzura. No era el único, pero a él en particular le había tomado cariño, harta como estaba de brujas escandalosas y espiritistas grandilocuentes. Una y otra vez a lo largo de los años y allí, en su propio terreno, en un cementerio, se dejaba vencer y convencer por aquél extraño muchacho, apiadándose de su tristeza y sin llevarse a la única que lo parecía iluminar, Alba María. Y aunque aquella vez era diferente, aunque a aquel muchacho enclenque no lo conociera de nada y sus heridas fueran mortales de necesidad, también aquella vez se marchó sin lo que había ido a buscar.
Pero partió contenta de haber vuelto a ver al hijo del sepulturero.