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resurrección

 Se escuchó un disparo, luego otro. Al salir de casa cuartel sintió bajo sus pies el leve crepitar de la gravilla del camino. A los lados asomaban con descaro las primeras dalias de la estación. Ya atardecía; los girasoles agachaban sus cabezas como pidiendo perdón. Aceleró el paso, movido por el anhelo de ver a su esposa. No tenían hijos, no podían tenerlos, pero eran felices. Allí, allí estaba. Con gesto preocupado, seguramente por su tardanza. Entonces se detuvo y dio media vuelta. Volvería a la casa cuartel y buscaría una salida. Aquello dolería pero no podría ir donde su esposa y decirle simplemente “me mataron”. No sería capaz.

los acompañantes

Luego cruzó el pasillo, bajó al sótano y mató al prisionero. Qué gusto. Mientras subía las escaleras de vuelta al salón se sintió ligero como una pluma. Menuda lata se había quitado de encima. Ese hombre no tenía ideas propias y, cuando se le acabaron las referencias que había aprendido de los libros, la conversación se tornó completamente insustancial. Cada vez tenía peor criterio para elegir a sus acompañantes pero, esa noche, esperaba acertar. Siempre le había fascinado la fascinación por las ideas, más que las ideas en sí. Y ese joven que discutía acaloradamente con la condesa le parecía un gran candidato. Sonriendo, se acercó y le rellenó la copa.

chivatos

–La vergüenza que nos ganamos aquella noche, en cambio, nos acompañaría para siempre, ¿verdad, Ramiro? Yo no sé qué nos dio. Supongo que llevábamos demasiado tiempo esperando. Además, estaba lo de tu hermano. Mis coqueteos con él te volvían medio loco. Eran para darte celos, pero funcionó. A ver qué iba hacer yo con ese comunista. Ya ves. A los pocos días se lo llevó la Política-Social. Alguien lo habría delatado. En los pueblos de esos tiempos era algo casi normal. Aquella noche fui tan feliz. Me pediste matrimonio… Pero la cara de mi madre cuando nos sorprendió no se nos olvidará nunca, ¿verdad, Ramiro?

Y Ramiro asiente, lentamente, sin apenas levantar la mirada.

el espejo

 

ojos

Nuestros mismos ojos son diferentes, ¿ves? Los míos son verdes y los tuyos son grises. El cabello también. Yo soy rubio. Tu pelo es canoso. Podría seguir. ¿Ves mi piel? Es blanca, un poco rosácea. La tuya es de un tono cetrino. Pero no sólo eso. A mí me encanta el abrigo verde, me lo pondría todos los días. Tú hace años que eres fiel a tu chaqueta sombreada. Y nuestras propias ideas. Yo tengo un alma multicolor. Paso del negro al blanco, pasando por el rojo, el verde y el lila, en un segundo. Tú eres fiel a tu vida gris. Ya está, ya nos hemos afeitado y ya estamos peinados. Sal a vivir otro día. Yo te esperaré aquí. Te esperaré.

desapariciones

Tanto visitante inesperado abruma a mi abuelo. Acomodado a las rutinas de la residencia le cuesta reconocernos y, de tanto en tanto, echa una mirada al retrato de la abuela, como buscando apoyo. En algún momento siempre se entristece y acaba por contar de nuevo la historia del niño salvaje que encontraron cerca de la granja, el que se había criado en el monte con una camada de perros. De cómo le alimentaron, le vistieron y trataron de darle una educación. Hasta que el niño, noble como nadie, desapareció al cabo de los años. Entonces padre se impacienta y, rascándose con fiereza detrás de la oreja, gruñe: “Venga niños, despedíos del abuelo”.

silencios

 Lealtad

Y allí sigue, en silencio, acumulando polvo, junto al proyector de cine, el barco pirata y la nave espacial. El viejo soldado de plástico contempla la vida desde la pequeña rendija que dejan las puertecitas del altillo del armario. Hace mucho que su dueño lo relegó al olvido, sin embargo, no es amigo de sentimentalismo, de recrearse en el pasado como hacen el resto de juguetes que allí habitan. Con una lealtad irrompible hace guardia, atento a cualquier peligro. Cuando ve a su dueño con barba de varias semanas, comienza a preocuparse. Pasan las semanas y su amo sigue con la mirada perdida, cada vez más flaco. Finalmente, toma una decisión. Compone su marcial saludo militar, le apunta con su vieja pistola de plástico y hace ¡bang!

Trastos viejos

Y allí sigue, en silencio, acumulando polvo, junto al proyector de cine, el barco pirata y la nave espacial, en la buhardilla de los juguetes rotos, de los muebles cojos y desconchados, de la ropa que se ha quedado anticuada, del mundo inservible. Allí, paciente y digna como siempre. A veces subo a jugar, a hacer como si fuera mi casa, a trastear mientras relato mis problemas en voz alta. Lo de ese compañero del cole que me llama pato, lo de que los papás están siempre discutiendo, lo de mi hermano… Luego, digo “adiós abuela, ya me siento mejor”, y cierro la puerta con cuidado.

el jardín de los sueños

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Había brotado, en medio del huerto, un imponente piano de cola. Solo papá era capaz de verlo. Papá y yo. Nos mirábamos cómplices y, guiñándome un ojo, tamborileaba con sus dedos imitando a un pianista. Yo escondía mi risa en el tazón del desayuno. A mamá no le gustan nuestros juegos, no los entiende y, enfadada, nos mete prisa. Papá va a llegar tarde al trabajo, dice. Él le hace caso y apura su café. Antes de irse, echa una última mirada al jardín. Entre la hojarasca y los hierbajos todavía se distinguen, completamente echados a perder, un sinfín de instrumentos musicales. Tarareando triste, papá toma su maletín y se marcha.

primum vivere

poeta-en-el-limbo

Suspiró profundamente y recogió dos cubiertos. El portazo todavía hacía vibrar el cristal de su foto de boda y de su alma. De pronto, cavidades por todas partes. Cavidades en las que cabían millones de poemas. Todo era igual salvo la amargura de los ojos con los que ahora escribiría. El olor de las peluquerías me hace llorar a gritos. Arritmia asonante y consonante. Haikus por doquier. Inagotables como su tristeza.

El poeta se arrancó por prosa y logró alcanzar a su esposa en el ascensor. Y le pidió perdón. Y cenaron un huevo frito que les supo a gloria. Sin cuentos.

vida

muerte-perdida

Pero esta vez, ella lloró. Lo cual era muy extraño porque, la verdad, no soportaba a su vecino de habitación. Tantos días en el hospital conviviendo en la enfermedad habían minado por completo su humanidad y el odio, el puro odio hacia aquel anciano, hacia sus manías, hacia las conversaciones con sus familiares, hacia sus rutinas se habían convertido en una suerte de válvula de escape de su estado. No lloró cuando el médico le dijo que la operación había sido un éxito, que el cáncer no se reproducía. Tampoco cuando recogía sus cosas. Pero sí cuando, al despedirse del anciano, éste ya no le respondió.

Entonces sí que lloró. A mares.

amb@s

Pablo y su padre jugueteaban nerviosos con sus pañuelos. Tenían calor pero no se atrevían a quitarse el jersey. Madre lloraba, la cabeza rendida sobre el boletín de notas. Finalmente, apartó la vista y emitió un prolongado suspiro.

-Yo no valgo para estudiar, madre –dijo Pablo.

Padre quiso añadir algo, pero madre no le dejó.

-Tú te callas –escupió ella. Ambos, padre e hijo, miraban de hito en hito al campo que se adivinaba tras la ventana.

-Anda, id –dijo finalmente madre.

Padre e hijo marcharon a continuar las faenas de la granja y madre quedó allí, en la cocina, postrada en su silla de ruedas y libro en mano, como siempre. Se acariciaba su abultado vientre, leyéndole en voz baja, con una mezcla de angustia y profunda esperanza en su susurro.

raros

Y así, tontamente, acabe pegándome un tiro. Hay que tener cuidado, mi abuelo de tanto en tanto se casca su salacot y, Winchester en mano, se aposta tras la barandilla de la escalera y dispara a todo lo que se mueva en el salón. Pasemos rápidamente a la salita, pues. Te presentaré a mis padres. No te extrañe verlos callados, quietos como un gato de mármol. Hace unos años aprendieron telepatía y se entretienen así. Aquí, sentémonos aquí, junto a la ventana, prueba uno de mis pastelitos de cartón; los rellenos de celofán son mis preferidos. Ahora, hablemos. A ver, ¿qué locura es ésa de casarnos?

 

el chofer

La mujer que iba en el coche a mi lado no lo sabe pero hace 30 años que estoy enamorado de ella. Día tras día conduzco su coche y la acompaño a hacer la compra, a la peluquería, a recoger a su marido. Fue duro al principio. Un tipo de amor más extremo, no sé si me explico. Ahora ya pasó. Es mejor ahora. En este tiempo estudié y salí con chicas, pero no me casé. Tampoco cambié de trabajo. Ella no lo sabe pero conozco su cara de memoria y hasta adivinaría cuándo va a pestañear. Es mejor ahora. Un amor más suave.

Hoy debiera de estar nervioso porque, por primera vez en 30 años, ella se ha sentado a mi lado. Pero no lo estoy, escojo el camino largo para volver a casa, miro las copas de los árboles pasar como si fuera la primera vez que las veo y tomo las curvas con suavidad, con mucha suavidad.

Es mejor ahora.

soñando

Se durmió soñando que él también podía volar y atravesar la noche, llenarse los pulmones de un aire tan frío que casi dolía, avistar desde lo alto las luces del pequeño pueblo costero en el que vivía aquella mujer de la que estuvo perdidamente enamorado de joven, aterrizar en la pequeña playa de piedras como la que todavía tenía escondida en algún recóndito cajón y, tomando un pequeño puñado de cuarzos grises, lanzarlos a la ventana para que asomara su amor. Su esposa se durmió soñando cosas parecidas pero, en su caso, era por efecto de la esperanza, no del matarratas en la cena.

en familia

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-Papá, ¿tú no tienes frío?

El duque no contestó, levantó la mirada y la dejó reposar en el fuego de la chimenea. La estancia se iluminaba con los requiebros arabescos de las llamas, llenando de calidez los rincones, los candelabros de plata, la gran alfombra persa y hasta el delicado chaisse-longue en el que la duquesa entornaba sus ojos grandes, redondos y grises. El duque miró de hito en hito hacia los grandes y añejos retratos que cubrían las cuatro paredes y en los que varios pares de ojos grandes, redondos y grises parecían retarse permanentemente entre sí.  Reprimiendo un escalofrió, susurró:

-Claro que no, hijo.

contenedores

Yermo

Mientras su padre cerraba la tapa del contenedor no pudo evitar echar un último vistazo a las enormes bolsas de basura que contenían los restos de su criatura. Acababa de cumplir tres años y los anhelos y esperanzas que habían acompañado su nacimiento se habían convertido, a base de decepciones y desengaños, en una especie de fábrica de dolor latente que ahora derruía y de cuyos escombros de deshacía. Luego, volvió a casa; sonriente, liberado al fin y sin querer escuchar esa voz que le recordaba que ahí, en su bolsillo, todavía conservaba el lápiz de memoria con el último borrador de su novela, su criatura. Eternamente inacabada.

Oveja gris

Mientras su padre cerraba la tapa del contenedor, su madre prendía un Gitanes en boquilla de marfil, su hermana se calentaba un pico con la mirada perdida en su reflejo desdentado y su hermano se relajaba tras un entrenamiento exclusivo en el club de tenis de alto rendimiento. No es de extrañar que a él, que llevaba 5 años estudiando oposiciones para registrador de la propiedad, todos los miembros de su familia, sin excepción, le miraran con un deje de desdén y decepción apenas disimulado.

amor

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-Sí, papá, pero ¿y esa?

Papá se frota la muñeca.

-Un perro. Le puse la mano y me mordió.

-Qué perro más malo.

-Puede que sólo quisiera defender a su familia.

-¿De qué?

-Era el perro de una granja. Los dueños trabajaban mucho y tenían muchos hijos. Con esa excusa dejaban a veces al bebé más pequeño durmiendo y al cuidado del perro.

-¿Y el bebé no se despertó cuando te mordió?

-No, era un bebé muy bueno y muy listo. Sabía que no tenía nada que temer.

-Ojalá tuviera un perro así.

Papá se frota la muñeca.

-No hace falta, mi vida. Yo nunca te dejaré solo.

Olas

mar

Esperanzas
A grandes zancadas sobre las olas que rompían en su cuerpo fue adentrándose en el mar. Cuando la ola le superaba, dejábamos de verle por un momento, pero siempre reaparecía en su continuo avance, con el agua por los hombros y con los brazos a modo de remos. Por unos instantes interminables lo perdimos de vista pero no, allí estaba, de vuelta hacia nosotros, jadeando, con una gran sonrisa en su cara chorreante y con los brazos abiertos. Cuando llegó a la orilla, mamá y yo le abrazamos reprimiendo, a duras penas, el rictus de decepción en nuestros rostros.

De luces y sombras
A grandes zancadas sobre las olas se desparramaban las primeras luces del amanecer. Se detuvieron un instante sobre mi cuerpo, olisqueándome como un cachorro confiado y siguieron su camino. Después, como pensándoselo mejor, volvieron y se acurrucaron junto a mí y, con ellas, el calor que necesitaba para mover mis manos, para desentumecer mis piernas, para girar sobre mí mismo, ponerme en pie y alejarme vacilante del que había sido mi lecho. La lancha seguía varada en la orilla como un cachalote desorientado, tan oscura como su informe contenido.

casas abandonadas

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-Ésa es la principal razón por la que emprendo este viaje –concluye el anciano. Tiene la mirada fija en el final de la carretera, con esa especie de aletargada atención propia de los que están esperando a que, en el momento menos pensado, detrás de un coche verde, de una furgoneta de reparto, aparezca el autobús al que han de montar. Quizá por ello habla sin trabas, con fluidez, como quien lee un pasaje de la biblia al principio de una misa.

La parada de autobús era la única infraestructura humana que se veía a izquierda y derecha. Además de la propia carretera, claro está, y de una edificación de dos plantas, que se encontraba frente a nosotros, cruzando el asfalto. Una vivienda ya en desuso, de madera abarquillada y con las ventanas y puertas tapiadas, como es habitual en las construcciones abandonadas. Un rincón de mi cerebro viaja hasta mi infancia cuando, bien en solitario o con un amigo, me colaba a explorar cuantas casas abandonadas encontraba hasta donde mis piernas o mi bicicleta pudieran llevarme. Desde entonces, siento una irremediable atracción por esos lugares repletos de pasado, curiosidad que ya no puedo satisfacer. El anciano, como distraído por mis pensamientos, permanece callado, sin apartar la mirada del cambio de rasante.

Una mancha de color salmón y verde aparece a lo lejos. El calor del asfalto la deforma pero, al poco, el autobús se va materializando. El anciano se pone de pie, con una pequeña maleta firmemente sujeta por su mano derecha. Por primera vez, dirige su mirada hacia la casa de ventanas y puertas tapiadas.

-Mira que te lo dije, mira que te avisé una y mil veces. No cruces la carretera, no la cruces solo, que cualquier día nos darás un susto. Pero, ¿qué ibas a hacer? Sólo eras un chiquillo. Un chiquillo inconsciente –susurra moviendo la cabeza. Su mirada es triste. Más que triste, desolada.

El autobús hace chirriar sus frenos y abre la puerta. No logro ver la cara del chófer por más que me asomo. El anciano sube sin mirar atrás y, a los pocos minutos, no queda rastro de él ni del autobús.

Yo quedo allí, sentado, contemplando la casa tapiada. Y por más que lo intento, no logro recordar la explicación que me había dado el anciano del porqué de su viaje.

las miradas de mayo

 

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Era una tarde de mayo, los estudiantes estábamos en la calle, con la sensación de estar formando parte de la historia. Yo portaba una pancarta con el lema “Seamos realistas: pidamos lo imposible”. Tú mantenías en alto una pequeña bandera, casi un estandarte. El gesto serio, casi triste; la chaqueta de rayas, la de los grandes botones, abierta. Parecías Juana de Arco conduciendo a las hordas francesas contra los ingleses.

Habían pasado ya algunos meses desde que te había confesado lo que sentía por ti. Lo que sentía por ti desde hacía varios años. Prácticamente desde la primera vez que te vi. Tú recibiste mi declaración sin mover un músculo de tu rostro, tan gélida e impenetrable como siempre y me seguiste tratando como si nada hubiera pasado.

Ese día, en medio del bullicio, de los cánticos, de las consignas voceadas, de los puños en alto, en medio de tantas almas sentí una suerte de calidez; como cuando se entra en una bañera de agua templada. Levanté la cabeza. Eras tú que me llamabas con la mirada. Estabas allí, a hombros de alguien, y me mirabas. Me mirabas como nunca te había visto mirar, como nunca nadie me había mirado, como nunca nadie me ha vuelto mirar. Me mirabas de una manera inequívoca y, durante unos levísimos segundos, el mundo pareció callar y contemplarnos, como espectador de una íntima obra de teatro. Tu mirada, sin embargo, me desbordó. Me desbordaron tus ojos tristes, tu chaqueta abierta de grandes botones, tu pelo castaño claro, tu estandarte al viento, tu regimiento de promesas. Y aparté la mirada con una breve sonrisa, como de disculpa. No volví a mirarte y el mundo volvió a ponerse en funcionamiento, lentamente, como con pereza; el bullicio volvió a instaurarse, los gritos, las risas ajenas, los puños.

Todos los días, cuando compro el diario económico para comprobar la evolución de mis acciones, me acuerdo de aquella tarde. La tarde en que me mirabas.

teléfono

My beautiful picture

Lo encontró en la arena, paseando su melancolía. Estaba semienterrado y sonando. Descolgó y sonrió. Se escuchaba el sonido del mar.

cuando, siempre, nunca

“Amigos hasta el final, ¿a que sí?”, me dirá. Como tantísimas veces me ha repetido desde niños, cuando éramos de la misma pandilla y tratábamos de envalentonarnos para saltar una acequia o robar alguna golosina. También como cuando no le adimitieron en la universidad o me echaron de aquel trabajo. Como cuando murió su abuelo o lo hizo mi padre. También hoy me lo dirá, sentados en el incómodo sofá de su piso de alquiler, tratando de digerir que su esposa le ha abandonado. Y, mientras libero otro botón de mi escote, pensaré, como tantísimas veces he hecho ya, que este chico no se ha enterado nunca de nada.

Liberación

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Somos dos tíos fuertes, ¿a que sí? Y envalentonado ante la respuesta, el hombre coge la pistola, la apoya en su sien y aprieta el gatillo. Su reflejo en el espejo da un respingo. Está blanco y durante unos segundos permanece inmóvil. Después, se asoma con cuidado a contemplar el cuerpo y el charco de sangre que se expande. Trata de ver si viene alguien y atraviesa presuroso el marco. Se aleja sin mirar atrás, como quien se da cuenta de que le han devuelto de más en un comercio. Cada vez más rápido, cada vez más sonriente.

Psycho

Desde entonces papá ya nunca juega con él. Le llama cosas horribles, le trata de monstruo y hace que pase los días con el ánimo asolado, completamente ensimismado en su mundo. Por las noches llora, le pide a gritos que le perdone y acaba por tomar su silencio por una concesión de clemencia. Entonces, se acurruca y apoya la cabeza sobre sus piernas. Cada vez el fémur descarnado se le clava más en la mejilla, pero no le importa.

Vendas

 

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La Ceguera

Ordenaron colocarle una venda en los ojos y pusieron tres objetos ante ella.

-Ya puede empezar –dice uno de los invitados.

La mentalista se mantiene callada, al igual que todo el público presente. Cuando el silencio se hace insostenible, recita:

-Unas gafas, un calendario y una grapadora… una Petrus 226.

-¡Increíble! –exclama el presentador

La mentalista se quita la venda y,  sin corresponder al estruendoso aplauso, se retira con gravedad del escenario. En su camerino ya espera su marido con lo de todos los días: una tila y un paño húmedo para el cuello.

-Has estado maravillosa –dice mientras le coloca el paño húmedo.

-Ya, como siempre –contesta ella con los ojos cerrados-. Ahora, por favor, vete. Necesito descansar.

Él obedece y, en silencio, abandona la estancia. En un espejo del pasillo se ordena distraídamente el cabello y se limpia una pequeña mancha de carmín del cuello.

La Piñata

 Ordenaron colocarle una venda en los ojos y le pusieron un palo largo en las manos. Le dieron unas cuantas vueltas sobre sí mismo y a la de tres comenzó a varear el aire con entusiasmo. Al cuarto intento dio con algo y, con más o menos acierto, lo golpeó hasta que sintió que perdía su forma y caían objetos al suelo. Mis padres le quitaron la venda y pudo ver lo que había estado golpeando: un muñeco de cartón y papeles de colores, con una foto mía como cara y de cuyo interior habían caído todos mis tesoros, canicas, cromos, un cronómetro… Es todo lo que recuerda mi hermano de mi muerte.

Teleidilio (II)

Viril78 says: ¿Te puedes levantar la blusa?

Lolita84 says: ¿Cómo sabes que llevo blusa?

Viril78 says: ¿La llevas?

Lolita84 says: … sí.

Viril78 says: Anda, levántatela.

Lolita84 says: Bueno, pero sólo un poco.

Viril78 says: ¿Hasta dónde has llegado? ¿Hasta el sujetador?

Lolita84 says: No llevo sujetador. Pero no pienso llegar tan alto.

Viril78 says: ¿No llevas sujetador?

Lolita84 says: No, no lo necesito.

Viril78 says: No sé cómo interpretar eso.

Lolita84 says: Interprétalo como quieras. Pero, ahora, tú quítate la camisa.

Viril78 says: ¿Cómo sabes que llevo camisa?

Lolita84 says: Eres un hombre de negocios, ¿no? Los hombres de negocio siempre van con camisa.

Viril78 says: Tienes razón. Además, me gustan. Cuanto más entalladas, mejor. Me gusta presumir de pectorales.

Lolita84 says: Debes de tener locas a todas las de tu oficina.

Viril78 says: No me quejo. Oye…

Lolita84 says: ¿Qué?

Viril78 says: ¿No te parece raro que no nos hayamos visto nunca? ¿Ni siquiera una foto?

Lolita84 says: Ya te lo he explicado. No confío demasiado en vosotros, los hombres. Si hubiera algo que no te gustara de mí, acabarías con esto. Y me gustas demasiado. Así que voy a resistirme todo lo que pueda.

Viril78 says: A mí también me gustas. Pero oye, ahora tengo que dejarte.

Lolita84 says: ¿Te has enfadado?

Viril78 says: No, de verdad. Pero ahora tengo que cortar. Es… una emergencia.

Lolita84 says: Bueno, pues buenas noches, ejecutivo agresivo.

Viril78 says: Buenas noches, mi niña. Que duermas bien.

Lolita84 se desconecta y apaga el ordenador. Es tarde, pero va a la cocina y coge la bolsa de basura. No le gusta bajar a la calle en batín, pero le gusta menos sentir que se le acumulan los desperdicios en casa. En el rellano ya está su vecino esperando al ascensor. Lolita84 reprime una mueca de disgusto. No porque le disguste él especialmente, sino porque va acompañado de su perro. Uno de ésos diminutos, de morro puntiagudo, que parece una rata. Lolita84 odia los perros, le dan asco y miedo y, si son pequeños, más aún. Su vecino también va en batín y comparten una sonrisa cómplice por ese motivo.

-Vaya horas, ¿eh? –dice él, por decir algo, mientras le mantiene la puerta del ascensor.

-Sí –dice Lolita84. Querría comentar algo más, preguntarle por sus hijos, por sus nietos. Son de la misma edad que los suyos y, aunque anodina, su vecino siempre le ha parecido una persona agradable con la que conversar. Si bien está más atenta a las progresiones del perro. Éste se muestra muy inquieto, gimotea y tira de la correa.

-No aguanta más, el pobre –explica él-, estaba viendo el partido y me había olvidado de él. Prácticamente ha tenido que morderme para que le hiciera caso.

Lolita84 no dice nada, sólo sonríe levemente. Para ella todo lo concerniente a las necesidades y horarios de los perros forma parte de algo que no entiende y que no le interesa. Sólo desea llegar cuanto antes a la calle, tirar la basura y volver a subir sin tener que volver a compartir ascensor con el animal.

Su vecino la saluda con la mano cuando la ve entrar de nuevo en el portal. Todavía está un rato más por la calle, la noche es agradable y su perro no se cansa de olfatear las mismas esquinas y las mismas farolas de siempre. Él aprovecha para fumar un cigarrillo. Le hace toser, pero es el único del día y le cuesta renunciar a él. Finalmente, sube a casa, se lava las manos y se sienta en el ordenador. Todavía no ha desconectado su sesión como Viril78. Comprueba que, efectivamente, Lolita84 no haya vuelto a reincorporarse al chat y lo apaga. Se lava las manos de nuevo y se va a la cama. Está contento y le cuesta dormirse.

El pelotón

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El cabo Hopkins repartía las cartas con la izquierda a pesar de que fuera diestro. Era su especial superstición. Todos las teníamos. Thomas se masajeaba la ceja derecha antes de levantar las cartas y yo lo hacía en orden inverso al que me las repartían. Jugábamos una sola mano, sin descartes, y al que tuviera la mejor jugada el teniente le entregaría un cartucho de fogueo para la ejecución del día siguiente. Thomas mostró una pareja de sietes; Hopkins enseñó un full de doses y reinas y me miró, triunfal. Malhumorado, tiré mis cartas boca abajo, y mis cuatro ases se perdieron entre el resto de naipes.

la casa

 

La-casa-de-la-colina-para-colorear

En las afueras de la ciudad, apartada de carreteras ruidosas, de grandes centros comerciales, de la fealdad del urbanismo apresurado, apartada de todo, he visto una casa. Es una casa sencilla, con un pequeño jardín, que aguanta los embistes del tiempo con entereza. Digna como una viuda pero también anhelante, como una niña de orfanato que espera que alguien la adopte. Quisiera comprarla, regalársela a mi mujer, y voy con frecuencia a comprobar que sigue ahí, a que me ayude a darle forma a mi sueño. Luego voy a un bar cercano y, con suerte, logro emborracharme antes de gastarme todo el dinero del subsidio en las tragaperras.

La señorita Julia

La señorita Julia llegó de vacaciones con los niños y al final se quedó en nuestro pueblo. En septiembre, el mes de mi cumpleaños, su marido Simón –un hombre robusto, de barba negra- se reunió con ella*.

Recuerdo a la señorita Julia los últimos días de agosto. Parecía flotar en el bar del hotel, poco más de las ocho de la tarde, fiel a su comparecencia diaria con una tónica y un periódico. De tanto en tanto levantaba la vista y parecía que se perdía jugueteando con las olas, sonriendo levemente.

Su marido, Simón, montó una gestoría. Había sido un abogado de éxito en la ciudad, decían, pero Julia estaba harta de las coerciones de la urbe, prefería nuestro pueblo, y a Simón no se le pasó por la cabeza protestar.

Ella era su secretaria, aún recuerdo verla enfrascada en el ordenador, metiendo declaraciones de la renta en sobres, mirando por la ventana, perdiéndose, sonriendo levemente.

-Joven, estamos esperando su respuesta. Le he preguntado la razón por la que quiere estudiar Derecho.

No respondí. Sólo mantuve la mirada, sonriendo levemente.

*Ida Fink. Huellas. Errata Naturae

la mujer del cuadro

Suspirando y meneando la cabeza, el viejo pintor, frustrado y rendido, deja los pinceles, se lava las manos y se mete en la cama con el ánimo y el corazón fatigados. Bien entrada la noche la mujer del cuadro se asoma y, con un cuidado infinito, baja de él. Se acerca al pintor y lo contempla, le tapa con la manta, le besa tiernamente en la frente. Acto seguido se encierra en el baño y pasa el resto de la noche restaurando su rostro deforme, difuminando, iluminando, maquillando. Ya amanece cuando vuelve al cuadro y se sube a él. Lo primero que hace el viejo pintor al despertar es asomarse a su obra. Sonríe, le brillan los ojos. No entiende su disgusto de anoche y vuelve a enamorarse. De sí mismo y de la mujer del cuadro.

Ángel caído

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“Que se arrime un poco más al borde de la cama”, susurra el doctor con la gravedad de un director de cine. La joven paciente obedece, sin dejar de mirarle. “Ahora, levántate y anda”, vuelve a susurrar, y todo su ser transpira la trascendencia del momento. Sin pensarlo dos veces, la muchacha hace el ademán, pero cae como un saco de arena. El doctor se lleva la mano al corazón, como herido por una lanza, y todos los periodistas presentes, impresionados por la profundidad de su dolor, le fotografiamos, convencidos de estar inmortalizando a un contemporáneo ángel caído. Alguien pisa a la joven, pero ella no se da cuenta.

El forastero

Sólo a las niñas guapas y a los hermanos que se las presentaban les regalaba caramelos. Piruletas para ellos y gominolas para ellas. Sólo a los ancianos, a los que les brillaban los ojos y les temblaban los bastones, les daba conversación y prestaba oídos a sus cuitas. Sólo a los perros callejeros, los que miraban de reojo con el rabo entre las piernas, les tendía la mano con suavidad y les ofrecía algún mendrugo de pan. Sólo a las viejas empalizadas, a los parterres descuidados, a las charcas agonizantes prestaba atención y contemplaba durante horas. No me diga usted, pues, que no sea de extrañar que le echáramos del pueblo a pedradas.

San Valentín

Ella era habladora, pequeña, alegre, con un carácter valiente y enérgico pero, al mismo tiempo, era extremadamente sensible y frágil. Él era callado, grande, más bien melancólico, con muchas cosas dentro a fuerza de tenerlas tanto tiempo retenidas. No lo sabían, todavía no se conocían, pero estaban hechos el uno para el otro, y aquél era el día en el que se iban a encontrar.  No contaban, sin embargo, con aquel hombre que volvía a casa y al que unas copas de más provocaron que se quedara dormido al volante. El impacto fue brutal pero, al salir del coche, el hombre sólo acertó a ver cómo se alejaba volando una especie de angelito muy magullado que mascullaba no sé qué maldiciones sobre lo difícil que era su trabajo.

la cobardía

 

El hombre está sentado en un taburete a su lado, contemplándolo. Lleva horas durmiendo en su cunita como un ángel. Tendría los ojos de un color azul-grisáceo, como su madre, los labios finos, el pelo negro. El hombre sale con cuidado de la habitación. Las paredes son lisas, cada habitación de un color, a cada cual más alegre. Puede ver el mar desde las ventanas. Silencioso, verde, acogedor.

Su mirada se topa con la carta de ella, se la sabe de memoria; es una carta de amor, de entrega, una ofrenda de su alma, un futuro juntos. Está amarillenta por los años, todavía en el mismo lugar en el que la abrió. De golpe, las paredes se tornan blancas, de gotelé agrietado y sucio. Desde las ventanas sólo se ven edificios, balcones abigarrados, macetas a medio vivir y a medio morir. El hombre enciende un cigarro con manos temblorosas, como el que fumaron en cubierta cuando se conocieron, esperando a que el barco terminara de atracar.

El hombre vuelve a la cuna a acariciar la cabeza del muñeco. Con cuidado para que no se despierte.

 

pistolas

La ruleta

Hoy mamá va a probar con la pistola. Una como los vaqueros del oeste. Nos lo ha dicho durante la partida de parchís de todos los viernes. Siempre nos emocionamos y engañamos al hambre de la cena. Sin embargo, sé que a mamá le encantaría poder comprarnos una pizza de vez en cuando. Dice que ganará mucha pasta y que, además, no es peligroso. Dice que ella nunca tiene suerte, que nunca saca seis. Y tira el dado para demostrármelo. Yo me maravillo de que, sin suerte, se pueda ganar tanto dinero, pero me acuesto ilusionada. En un duermevela de pizzas barbacoa la oigo salir de casa.

 La microrrelatista

Hoy mamá va a probar con la pistola. Lanzará las hojas del diccionario por los aires y las acribillará a balazos. Las palabras que alcance antes de que lleguen al suelo serán las elegidas. Desde que se ha hecho escritora, vivimos en un ay.

Bienvenido, papa

 Antes de que vuelva papá de la cárcel tenemos que esconder bien las armas. Encontrarlas le trastornaría demasiado, a su edad. No debe dar con ninguna. Ni con el revólver, gemelo a aquél que levantó la tapa de los sesos al infame Carl Valance; ni con el juego de cuchillos de mango nacarado, como el que abrió las tripas de la furcia de Molly Scott; ni con la soga, como la que ahorcó al desgraciado de Frank Fierro. Hay que esconderlas todas. Todas menos el punzón que ensartará el cuello del malnacido de Greg Chumillas. Ése todavía no tiene sus huellas.

 

epitafio

Era el mejor de todos nosotros. Siempre llegaba más lejos, más alto, más extremo. Era el rey, el campeón de los deportes de riesgo. Nuestro modelo, nuestra inspiración. Y murió como había vivido toda su vida, tratando de superar sus propios límites, en un descenso a tumba abierta por las nieves vírgenes de los Alpes. En su funeral, quisimos arroparle; fuimos todos equipados con nuestros esquís, con nuestro material de escalada, nuestros paracaídas. Fue realmente emotivo. En la lápida, un insólita epitafio: “El mundo se ha vuelto loco”. Nos miramos extrañados. Todos menos su viuda, que se mantenía erguida en un gesto de doloroso desafío.

La crueldad

A la cola, como todo el mundo, o con una frase parecida comenzó la fatal discusión. Quizá fuera comprensible, eran ya muchas horas esperando, con poco abrigo, con mucho frío en el ambiente y en los huesos. Cualquier chispa era suficiente para hacer saltar los nervios y que se llegara a las manos, sin importar con quién, con hombres jóvenes o con ancianos decrépitos. A todos les movía una especie de furia que les conducía sin importar nada más, como un carro lanzado hacia un precipicio. El joven golpeó al anciano hasta dejarlo caído, evidentemente sin vida. La cola siguió su lenta procesión y sólo el joven soldado Hans contemplaba lívido la escena, espantado ante tanta crueldad.

el efecto Matalascañas

Con esa exactitud tan característica de la ciencia, Aurelio Matalascañas, viudo y meteorólogo jubilado, se asomaba todos los días a las 12 para comprobar la temperatura en el banco de la esquina. También ayer viernes, justo cuando Mauricio Farragoso, viudo y tornero fresador en paro, se disponía a atracarlo, desesperado por no poder pagar ni la comida de su hija. El cruce de miradas con Matalascañas le disuadió de su empresa y, no sabiendo qué decir a quien le atendía, decidió abrirse una cuenta. Esmeralda Rebolleda, viuda y con contrato fijo como cajera le dedicó una mirada más intensa de lo convencional y, en un susurro, preguntó: “¿Nombre?”

el escritor

Observó con detenimiento el folio en blanco que tenía ante sus ojos; a él parecían asomarse innumerables personajes, como bañistas al borde de una piscina, como alumnos, todos sentados y visibles pero sin atreverse a mirar a los ojos a su profesor. De golpe, uno de ellos se lanzó al centro del folio. Uno especial, con luz propia, con una historia única y jamás contada y que, además, era jaleado por el resto de personajes como a un profeta. Conteniendo la respiración, el escritor se lanzó a la escritura. Sin embargo, le interrumpió una llamada al móvil. Era su exmujer. No se hablaban pero a su hija le encantaba que le contara un cuento todas las noches. Impaciente, cortó la comunicación y quiso continuar. Entonces, su protagonista le miró fríamente y, dándole la espalda, volvió a la orilla del folio junto al resto de personajes. El escritor les llamó a gritos pero ninguno de ellos le devolvió siquiera la mirada.

sombras

 

Cuando oyó el portazo, Marisa se levantó de la cama, cuidándose mucho de pisar primero con el pie derecho, y entró en el aseo. Ése era su templo personal, el lugar donde todo estaba bajo control. Comenzó el ritual. Se lavó la cara con un jabón exfoliante y se secó enérgicamente con una pequeña toalla hasta casi hacerse daño. Se aplicó una crema hidratante y, tras unos minutos, la base de maquillaje. Después, el matizado y el colorete; la sombra de ojos y la máscara efecto pestañas postizas. Por último, un ligero toque de carmín. Contempló el resultado en el espejo y se dio cuenta de que no había conseguido disimular el ojo hinchado y el labio roto. Sólo entonces, rompió a llorar.

Amigos

Mi amigo imaginario y yo salimos a pasear todos los días. Hablamos, reímos, filtramos todo lo que vemos en nuestro callejear por este pueblo que sólo se llena en verano y lo convertimos en juegos, en cosas ligeras, en aventuras estivales. Gesticulamos sin cesar y la gente del pueblo y los turistas nos miran extrañados. Que piensen lo que quieran. Somos amigos y el verano pasa lento y agradable, como el sol por San Juan. Luego llega septiembre, mi amigo se va con su familia a la ciudad y yo quedo aquí, en el pueblo, en una triste soledad, esperando que llegue el próximo verano y otro niño que me quiera imaginar.

estocolmo

A las 8 suena el despertador y me aseo tranquilamente. A las 9 me suele traer el desayuno. Es un chico rubio, amable y que siempre me mira como queriendo decir algo, sin atreverse. Hoy se retrasa. Lástima. No tengo hambre pero me agrada su breve compañía. Hago un poco de deporte y, como todos los días, veo la televisión un rato. Hoy hablan de mí otra vez. Dicen que la policía sigue sin pistas sobre mi secuestro y que ya se baraja la posibilidad de que no siga con vida. No puedo evitar una sonrisa. Miro a la puerta cerrada deseando que aparezca el chico rubio.  Si supieran lo segura que me siento.

También comienzo a sentir un poco de hambre.

calzonazos

Además el pollo rebozado siembre humea demasiado. Se lo tengo dicho mil veces. Qué ideas tiene este marido mío. Menudo inútil. Bocadillos para comer y pollo para cenar. Ole. Cuánto mejor sería un hervidito o un arrocito blanco con un poco de limón. Pues no, pollo rebozado. Menuda noche va a pasar. Con lo delicado que tiene el estómago. Y, conociéndole, empezará a darle vueltas a los recuerdos y acabará llorando como un niño. Si es que ya lo decía mi hermana, que menudo flojo me había agenciado. Que ni es hombre ni es nada. Qué paciencia. Ni muerta me deja descansar.

fernando

Era una habitación a oscuras. Si te fijabas bien, muy bien, podías deducir que se trataba de la habitación de un niño. Algún muñeco de peluche, libros infantiles, un póster colorido en la cabecera. Si bien, había algo que no cuadraba demasiado: la habitación estaba completamente ordenada, como una foto de un catálogo, como una biblioteca. En una silla junto a la cama, un pantalón y una camisa doblados minuciosamente y, sobre ellos, un diminuto reloj luminoso que celebró su paso de las 7:29 a las 7:30 ruidosamente. En poco más de 30 segundos, Fernando ya se había incorporado, había levantado la persiana, comprobado si llovía en el naciente día y salido al pasillo dirección al baño. Era un muchachote fornido, con tendencia a engordar, pelo corto, ojos inexpresivos y cara cuadrada. Mientras desayunaba repasaba mentalmente todo lo que tenía por delante en el día. Acabó, fregó el vaso y el cazo en el que había calentado la leche y, a las 8 en punto ya estaba frente a la puerta de su domicilio y, también, frente al único momento de vacilación que, día tras día, se repetía en su ordenada monotonía. Volvió sobre sus pasos y llamó a una puerta cerrada. Esperó unos instantes y entró con cuidado. Era otra habitación a oscuras. No hacía falta fijarse demasiado bien para comprobar que era una habitación de un adulto. Marcos con fotos familiares, cuadros figurativos, un joyero. Si bien, había algo que no cuadraba demasiado: la habitación estaba completamente desordenada, como una chabola, como la habitación de un niño. En una silla junto a la cama, una botella medio vacía y un vaso medio lleno. Una mano surgía del bulto cubierto de mantas que dormía en la cama. Fernando se acercó sigilosamente, destapó un poco el bulto hasta que asomó una cabeza despeinada. La besó.

-Buenos días, mamá.

Tras unos instantes, Fernando dio media vuelta y salió con cuidado de la habitación a oscuras.

mi cielo

Mi cielo es azul dorado. Como tu pelo y como tus ojos.

En mi cielo aparece un edificio, la parte de atrás de un edificio. Es blanco, ya gastado por los años, con ventanas, ropa tendida y aparatos de aire acondicionado.

En mi cielo no hay nubes, apenas un retazo de blanco, como si alguien se hubiera dejado olvidado un poco de nieve, siquiera una pequeña mancha en un celeste todopoderoso.

El edificio atrae mi atención, es blanco, de un blanco gastado. Tiene ínfulas de ibicenco, la cal rociada de luz solar. Hay ropa tendida, aparatos de aire acondicionado. Cedés colgando de un hilo, una jaula protegida con un paraguas. Es la parte de atrás, un patio de manzana; los vecinos se asoman, descuidados, cocinan en alpargatas, tienden con el cigarro en la boca. Es la parte de atrás. Dejan sus mejores galas para el balcón principal, su chaqueta de los domingos, su camiseta azul dorada.

El cielo no es sólo azul. También es negro y tiene forma de flecha, y pía; busca alimento para sus crías. Tenían razón, volverán las oscuras golondrinas.

Busco la nube escasa. Apenas queda ya; la está derritiendo el sol de mayo. Me da pena, deseo que sobreviva, que el azul no se sienta todopoderoso, que no deje de notar cómo las nubes pueden cegarlo, que no olvide eso nunca, lo deseo por su bien, para que siga siendo azul.

Azul dorado. Como tus ojos. Como tu pelo.

Destino

-“Qué haremos tú y yo, el día de mañanaa, qué haremos tú y yoooo, buscaremos un lugar, donde vivir, donde descansar, buscaremos un lugaaaaar, el día de mañaaaaaanaaaaa…!” Sí, sí, mmm! Me encanta esta canción, ¿a ti no? Me gusta cantarla a pleno pulmón. ¿Sabes por qué me gusta? Porque es como un desafío, un desafío a mi destino, ¿sabes? Es como el jovencito Frankenstein, “¡destino, destino, no hay futuro para mí!”, ¿no? ¿No has visto la película? Es maravillosa. Te la recomiendo. Para partirse de risa. Yo también tengo que luchar contra mi destino, por eso me gusta cantar esa canción, cuanto más fuerte mejor, es como decirle al destino: “¡Te desafío! ¡Te desprecio!”. Ja-ja, te estoy aburriendo, ¿verdad? Es mi problema, hablo demasiado, bla-bla-bla, no escucho, no. Lo intento, pero no hay manera. ¿Qué dices? No, no puedo quitarte la mordaza. Si quieres, te aflojo un poco las cuerdas. De verdad que no quiero que estés incómoda. Esto me duele también a mí, pero ¿qué quieres? Al final uno se cansa sólo de cantar. Necesita pasar a la acción, hacer algo grande, pasar de ser espectador a actor, como decía Agatha Christie, fabricar supropio mañana y, mi princesa, no imagino un mañana más hermoso que uno en el que tú estés conmigo, mirándome con esos ojos azules, ¿entiendes? ¡Cof-cof! Esta tos me va a matar. Ja-ja, no lo puedo evitar, estoy tan contento que sólo quiero cantar, “qué haremos tú y yooo, el día de mañanaaaa…”.

Promesas burbuja

 

Ese maravilloso viaje que le habían prometido tuvo que esperar para otra ocasión. Al igual que la visita de su primo Sergio, la actuación de un payaso para su cumpleaños, la vuelta al colegio y tantas y tantas promesas que le habían hecho a lo largo del último año. Sólo se calmó cuando logró arrancar de sus padres una nueva promesa: la de que, por fin, le comprarían un cachorro. Entonces, se metió en su camita y se despidió de papá y mamá con una débil sonrisa. Éstos apagaron la luz y lo contemplaron en silencio, sus manos fuertemente entrelazadas y apoyadas sobre el cristal.

 

Esos ojos

Los ojos verdes de Teresa pestañearon, como queriendo ganar tiempo para encontrar argumentos que explicaran su presencia ante la residencia de Daniel. Como le solía ocurrir con aquel joven, su mente se nubló, una gran muralla china interrumpía todos sus pensamientos y el tumulto de sus sentimientos. Él la miró, extrañado de verla allí. Hizo ademán de saludarla pero dudaba de que ella le reconociera siendo él un simple becario y ella la juez titular. Ella confundió su vacilación con angustia por su presencia y se alejó de allí, con un regusto amargo en la boca, como si a ella acudiera toda la escoria tamizada de una fundición.

-¿Pasa algo Daniel? –preguntó una mujer que salía tras él.

-No pasa nada, Marta –contestó Daniel, que llamaba por el nombre de pila a su madre adoptiva.

Y sus ojos verdes contemplaron alejarse a Teresa.

Apareció un perro salvaje que era azul y gris,
cuyo destino era impuesto por el cielo.
Su mujer era una corza.

Qué quiere usted que le diga. Llamaba la atención. Si quiere mi opinión le diré que aquello no me parecía bien. Un hombre hecho y derecho con una niña tan pequeña. Siempre juntos, de aquí para allá. Normal que la gente hablara. Yo no sé cómo llegaron a hacerse tan amigos. Él llegó un día de la gran ciudad. Enfermo de nervios, decía. Cosas de los modernos. Sólo llevaba una maleta y se dedicaba a dar grandes paseos y a saludar y a mirarlo todo con una gran sonrisa, como si viera por primera vez el cielo, la hierba, las casas de adobe o las boñigas de las vacas. Era agradable, no le voy a decir que no. A ella sí, a ella claro que la conocíamos, la hija de la viuda. Siempre iba sola, como un animalillo silvestre, tan alta para su edad y con esa mirada desafiante, como si el resto del pueblo le hubiéramos hecho algo. Y, fíjese, de la noche a la mañana parecía que se conocieran de toda la vida. Iban juntos a pasear, hablaban horas y horas y ella le enseñaba todos sus rincones secretos, como aquella fábrica abandonada donde el Damián los sorprendió bailando. Figúrese. ¡Bailando! Cosa de locos, créame. Y claro, es normal. Normal que la gente hablara y comenzaran a mirarlos mal. Sobre todo al hombre. Yo misma me crucé el otro día con él y no le devolví el saludo. Hay que tener cuidado con ciertas cosas; que tampoco hemos nacido ayer. No sé si me entiende. La Teresa le vio marcharse ayer. Cogió un tren en el apeadero. Dice que ya no miraba como antes, que iba con la cabeza gacha. Y ella, la hija de la viuda, da pena verla. Parece más huérfana que antes. En fin, en este mundo nos toca ver de todo, siempre lo digo. Sin ir más lejos, ¿conoce usted a los de la panadería? Siéntese, siéntese. Le sirvo otro café y le cuento.

Haciendo camino

Se entrenaban para estar muertos y, así, estar preparados. Fue idea de él y a ella le pareció bien. Así, cada semana, uno de ellos se quedaba en casa de su hija y el otro se quedaba solo, dormía solo, desayunaba solo, paseaba solo. Terminado el día se reunían de nuevo y ponían fin a su mutua ausencia, satisfechos por ir haciendo el camino de la nostalgia futura. A los 98 años él murió. Faltaban pocos días para cumplirse las bodas de oro. Ella se quedó sola, durmió sola, desayunó sola, paseó sola y, cuando terminó el día, se dijo con profundo desprecio: “¡Idiotas!”.

Tomás y Honorio se habían odiado profundamente durante toda su vida. Desde su primera pelea en el jardín de infancia, pasando por el colegio y la universidad, la empresa textil y sus matrimonios idénticos, hasta la residencia de ancianos en la que pareciera que únicamente pugnaban por aguantar con vida un segundo más que su adversario.

Tomás era de costumbres fijas. Todos los días se daba un paseo por el parque. Honorio también, todos los días lo seguía a no mucha distancia, como esperando que un resbalón o un rayo perdido acabara con su enemigo. Aquel día, unos jóvenes sin escrúpulos decidieron divertirse con Tomás. Le acercaron una navaja al pecho y le amenazaron. No vieron venir a Honorio ni a la lluvia de bastonazos con la que los dos ancianos la emprendieron. Los gamberros huyeron. Honorio y Tomás se miraron con interés y, sintiéndose algo más grandes que los reyes del mundo, regresaron lentamente. Al día siguiente salieron juntos a dar el paseo. Tenían mucho de qué hablar.

Clonc-clonc-clonc. El guarda pasa, le gusta golpear los barrotes con su porra. Su media sonrisa se dibuja apenas tres segundos en cada celda, clonc-clonc-clonc. Es media tarde, la hora más difícil. Se adivina otro día que se va, otro día sin libertad. Se adivina otra noche que se viene, amenazante, cruel, con una media sonrisa como la del guarda. Clonc-clonc-clonc. Juego a las sombras chinescas con mi mano al contraluz mortecino del atardecer. Ahora un perro, ahora un cocodrilo, ahora una cara. Clonc-clonc-clonc, ahora un perro que ataca a una cara, a través de los barrotes, que la toma fuertemente por el cuello y la aprieta. Ahora una cara tan mortecina como la luz.

Clonc.

en un pueblo

En un pueblo que se llamaba Visavis vendían sentimientos a peso. No eran caros, funcionaban con el sistema de trueque. Tú ibas con un sentimiento genuino de rencor y te lo cambiabas por otro de alegría, o de miedo o, incluso, de amor verdadero. Ése era el más caro, tenías que llevar contigo mucho odio para poder cambiarlo por algo de amor verdadero, apenas unos gramos, pero funcionaba. También estaban los que hacían el cambio al revés, los que te cambiaban el amor verdadero por odio o, mejor, la indiferencia. “De ése no tenemos” decía, invariablemente, el tendero. Un hombre insignificante, gris, vacío y del que luego nadie se acordaba.

Fernando

Está lloviendo a mares y Fernando se enfada consigo mismo por no haber tenido la previsión de coger un paraguas. Él siempre piensa en todo, siempre baraja todas las posibilidades. El resto de sus compañeros va subiendo a los coches de los padres que van a recogerlos a la puerta del instituto, pero él sabe que tendrá que correr, refugiándose de cornisa en cornisa hasta llegar a su casa. Sin embargo, no se decide. Ve a lo lejos una figura zigzagueante. Una mujer que se tambalea y se acerca con un paraguas. Es su madre. Corre hasta ella y se toman fuertemente del brazo. Apesta a alcohol, pero no le importa.

Aquella tarde

Aquella tarde, papá, regresó a la tumba entristecido. Se fue quitando, uno a uno, los últimos recambios de los que se había adueñado: el brazo de la del nicho 213, la dentadura de oro del viejo gobernador civil, la melena del que habían enterrado esa misma semana… Se acomodó como pudo en el ataúd y se abrazó a mi madre que, enfadada, le daba la espalda.

-¿Dónde has estado?

-Por ahí.

Más lejos, en la ciudad, la joyera aún miraba espantada la mano del extraño ladrón que, aquella tarde, le había asaltado. Ésta yacía en el suelo, sujetando un anillo de diamantes. De tanto en tanto, se movía.

 

Aquella tarde, papá, regresó a la tumba entristecido. Dejó distraídamente las tres rosas blancas y, con su pañuelo, limpió unas imperceptibles manchas sobre la lápida. Rezó un Padrenuestro, como para establecer la conexión, y me contó todo lo que había hecho desde la semana pasada. Cuando ya se iba, como quien suelta su mayor pecado al final de la confesión, me lo dijo:

-Vas a tener un hermanito.

Se alejó con paso vivo. Las letras de la inscripción de mi tumba “Tu marido, entristecido, no te olvida” le contemplaron marcharse, torcidas de rencor.

el testamento

Nunca pensé que se pudiera pasar miedo en una lectura de testamento. Así estaban todos mis familiares, tiesos como carámbanos, muertos de miedo. O, quizás, era algo que llevaba conmigo y me parecía percibir en cualquier circunstancia. Tenía vértigo ante la vida, ante sus tantas preguntas y tantas respuestas. Y echaba de menos a mi abuelo, el juez; a su seguridad, su rectitud; a su ternura oculta entre tanta jerga jurídica. Mientras el notario leía sus últimas voluntades y todos sus vástagos veían cubiertas o no sus expectativas, mi corazón voló hacia esa misma biblioteca en la que estábamos, recordando los momentos que pasábamos juntos, en los que yo les relataba mis miedos como haría un niño pequeño con su madre. En herencia me dejó una brújula. Estaba estropeada. Me colocara donde me colocara siempre señalaba hacia el mismo punto. A un lugar indeterminado en el centro de mi pecho.

ayer

Subir en el ascensor, bajar a los infiernos, cocinar un solomillo, esperar a los niños a la salida del colegio, mirar el amanecer mientras conduces, tirar la basura, los papeles en el contenedor azul, limpiar una mancha con alcohol, llorar de pena, reír a carcajadas, llorar de alivio, cerrar los ojos, dormir.

-¿Cómo dices que te fue el día, cariño?

-Bien, bien.

knocking

-Veo junto a su reloj unos números grabados en su piel.

-¿Quiere decir tatuados?

-No… no lo sé.

-Está bien. ¿Qué más ve?

-Veo literas. Mucha gente acostada.

-Siga.

-Son muchos. Están hacinados.

-Siga.

-Veo unas chimeneas. Una fila. No, dos filas. Hombres y mujeres. Desnudos. Algo sale del techo.

-¿A qué se refiere?

-Ya… ya no veo nada.

-Está bien. No abra los ojos. Ahora le guiarán.

-Gracias.

-¿Siguiente?

-Yo.

-Siéntese.

-¿Aquí?

-Sí. Cierre los ojos y dígame lo que ve.

-Veo… una mujer.

-Siga.

-Sangra. Tiene dientes rotos.

-Siga.

-Lleva algo en su mano. Parece una pistola.

-Siga.

-No veo nada más.

-Bien. Ahora, hijo mío, abre los ojos.

mi jenni

Le he hecho caso a mi abuela y le he comprado una caja de bombones con forma de corazón a la Jennifer. Pone “Amor eterno” en letras doradas. Se la he dejado dentro de su mochila y, desde lejos, la he observado. Ella ha contemplado durante unos segundos el celofán rojo y, sin dejar de mascar su chicle de fresa, ha sacado el móvil y ha tecleado algo. Mi móvil vibra. Es la Jennifer. Me ha escrito a través de Twitter. “1 kpullo m ha regalado bombones. K fuert!”. Sonrío con ternura. Al menos, ha pensado en mí. Seguro que a mi abuela le parece una buena señal. “Q fuert!”, le contesto.

mi circo

Y castiga sin postre al gigante y a la mujer barbuda le concierta una cita con la depiladora. Al hombre bala le prepara una tila y a los enanos unas vitaminas. Al mago le cambia su varita mágica por una pluma estilográfica. Abre las jaulas de los leones y le explica pacientemente al payaso que no es cuestión de tomárselo todo a risa, que es necesario un poco de seriedad en la vida. Pero, al final del sueño, la amazona trapecista le hace una pirueta con sus ojos verdes y todo su orden se desbarata. Cuando despierta, su mundo entero sigue igual. Hecho un circo.

joderme

—Joderme —repite Micky saboreando la palabra y disfrutando de un duelo del que se sabe ganador.
—Ten por seguro que lo haremos –sisea Lisbeth Salander.
—No eres bien recibido. No te queremos en Macondo —retumba el coronel Buendía.
Esfúmate –ventea Guillermo Brown, con la punta de la lengua asomando por entre los labios.
—Está bien, está bien –ríe Micky—, si hay algo de lo que no soy amigo es de montar escenas. Me voy, pero volveré –y, dicho esto, vuelve sin mirar atrás.
—¡Para comerte mejor! –aún canta Caperucita a sus espaldas.
El anciano escritor, aquejado de Alzheimer, dejó la pluma sobre el papel, satisfecho. Iba a perder la guerra pero todavía podía ganar alguna batalla.

vocaciones

Todos somos buenos en algo. A veces, esa habilidad se traduce en una profesión, a veces no. Aquí, en este viejo edificio de juzgados, yo me muevo como pez en el agua en mi pequeña cafetería. Sé escuchar, observar, dar conversación y transportar cuatro cortados a la vez. Esto no es lo que le ocurre a Gutiérrez, el abogado de oficio. Sus compañeros le llaman el socavón, porque todo lo que pasa por él, se hunde. Uno tiene esa sensación al verlo, como de contemplar algo fuera de sitio, como un camello en una pista de esquí. Siempre con la mirada perdida, cubierto de sudor, arrastrando un viejo cartapacio que le queda grande, como un escolar que hereda la cartera de su hermano. Esta mañana pasó por aquí. Me pidió un whisky. “¿Qué se celebra?”, pregunté. “He hecho realidad dos sueños”, dijo, “he ganado mi primer juicio”. “¿Y el otro sueño?”, inquirí. Tardó unos segundos en responder. “Me voy” dijo, por fin. Y, efectivamente, apurando su whisky, se marchó. Apoyado en el mostrador descansaba su viejo cartapacio.

habitación 216

La última alma humana es la de la habitación 216. Es, desgraciadamente, la única que aún respira vida a través de sus ojos; la única que lanza cabos que, desde su isla, quieren abordar la cordura; la única con la que la imaginación parece que busca los caminos más fáciles y no los más difíciles; la que acalla las voces, los gritos, y los convierte en música, en danza celestial, en danza azul. Azul como sus ojos, como su bata, como la pastilla que todos los días me regala asegurándome, con una sonrisa, que hará que duerma tranquila, azul como el cielo que se adivina tras mi ventana enrejada.

mundos

No conozco su nombre pero sí su historia. Y su don. Él podía estar despierto mientras dormía. No sé si me explico. Era capaz de dormirse, de soñar, pero estaba despierto. Sabía que estaba dormido y soñando, era consciente de ello. Sabía que vivía una fantasía todas las noches, que todo lo que veía ante sus ojos era sólo una creación de su cerebro, de su subconsciente, que era todo irreal. Que nada podía pasarle. Y decidió dar rienda suelta a lo más instintivo de su alma, a lo más animal de sus deseos. Violaba, mataba, robaba y se reía de todo. Sus sueños eran su campo de recreo, su videojuego particular. Fue así hasta que una noche durmió pero no encontró nada, su sueño estaba vacío, no había nadie, no encontró más que calles solitarias, edificios inertes, bosques silenciosos y mundos mudos. Por más que buscaba, noche tras noche, no podía encontrar a nadie, estaba solo, abandonado como en una isla desierta. Todo con lo que había soñado alguna vez se había escondido, dolido con él, ofendido, herido en lo más hondo por su desprecio, por su inhumanidad. Todas sus albas eran huérfanas, inhóspitas como las del primer día de vida de un bebé. Y toda esa soledad le acompañaba, como una careta que se hubiera colocado en la nuca, hasta que llegaba de nuevo la noche, hasta que volvía a dormirse y colocarse la careta de tristeza, de soledad. Así lo encontré una de las noches en las que me paseaba por los sueños de los hombres, postrado, canturreando afligido una plegaria de disculpa, así le incorporé y me compadecí de él, de sus lágrimas, de su pelo desmañado, de sus ojeras, de la tristeza que acompañaba cada átomo de su ser. Así nos sentamos en la arena y le acompañé en aquella noche de sueños para contemplar, juntos, una nueva alba.

el colegio

En el colegio le llamaban pato por su torpeza. Ahora era el campeón de la liga de paddle del Colegio de Abogados. En el colegio tartamudeaba. Ahora daba conferencias. En el colegio no le respetaban ni los niños de cursos inferiores. Ahora su opinión se convertía en doctrina. En el colegio llegaba todos los días a casa bañado en lágrimas. Ahora tomaba baños de espuma. En el colegio compartía habitación con tres hermanos. Ahora invertía su dinero en casas subastadas por desahucios. En el colegio no se atrevió nunca a hablar a la chica que le gustaba. Ahora, todos los viernes, aparcaba su coche frente al colegio, recostaba el asiento, se aflojaba la corbata y se fumaba un puro habano. De tanto en tanto veía a aquella chica, ahora maestra, recortada en alguna ventana y, si tenía suerte, podía hasta escuchar su voz.

lobos

Mientras me toma una cerveza en la taberna “El lobo estepario”, observo. Dos hombres discuten. Uno habla en voz alta, está alterado. El otro lo hace en voz baja, casi susurrando, pero adivino que está tan alterado como su compañero. No se parecen. El primero es de largos cabellos, pecho y espalda anchos, irradia fuerza y hay algo de felino en sus gestos. El otro es paliducho, bien vestido y de aspecto enfermizo.

Finalmente, parece que se calman, se quedan callados. El del pelo largo sonríe y le da una palmada al otro. Terminan por fundirse en un abrazo. Tan fuerte que, realmente, se funden en una sola persona. Un hombre de una apariencia completamente normal que, tras pagar sus dos consumiciones, se levanta y se va.

Norberto

Era domingo y Antonieta estaba de buen humor. Estrenaba un nuevo abrigo de pieles y daba vueltas ante el espejo. Su marido le dijo: “guapa”. Estaba sentado en la butaca con unos ojos muy abiertos y que brillaban con cierto aire infantil y expectante, como si fuera un perro de caza que espera la mínima señal de su amo. Antonieta le arregló el cuello cariñosamente, “Norberto, Norbertito, tú sí que estás guapo”. Amarraditos, fueron hasta la iglesia a escuchar misa. Amarraditos, volvieron a casa. Norberto, entre otras muchas cosas, había olvidado que él había sido siempre profundamente ateo.

mi abogado

Me dijo la azulona que hiciera el favor de prestar atención a aquel hombre, que respondiera sus preguntas, que fuera buena, que él podría ayudarme. A mí me recordaba un viejo profesor que tuvimos, allá en la explotación, tan atento, tan bien vestido, con una voz tan suave. Yo le conté todo, lo de la portuguesa, lo de sus golpes cuando me sorprendía holgazaneando, lo de sus gritos. Cómo gritaba la portuguesa. El abogado, en cambio,  me trataba bien, me tocaba la mano. Qué sé yo. Nunca me había tocado un blanco si no era para zurrarme. Un día me regaló un cartel para que adornara la celda, salía un gato con sus enormes bigotes táctiles y un ovillo de lana. Yo no entendía. Soy un poco lenta, todos lo dicen. Todos lo dicen. Le conté lo de los niños pequeños de la portuguesa.  Los ahogados. Cómo gritó la portuguesa cuando los encontró. Como un caballo loco. Yo no recordaba nada. Llovía mucho aquel día. Soy medio tonta y no recordaba nada. Pero la sentencia me metió aquí, en esta celda. Todo eso le conté al abogado. Yo quería mucho a esos niños. Le dije. El abogado tomó mi mano marrón con su mano blanca y dijo que me liberaría. Yo no sé lo que pasó. Volví a perder la cabeza. Qué sé yo. La azulona me zurró de lo lindo, me metieron en otra celda, me quitaron mi cartel. Y ya no volvió el abogado.

micros

-Y nada más existió hasta el próximo tren. Y, colorín colorado, este cuento se ha acabado.

El niño suspira.

-Papá…

-¿Sí?

-¿Por qué tus cuentos son tan cortos? No duran ni un minuto.

-Son microcuentos, mi niño.

-¿Microcuentos?

-Sí. Son como un cuento muy largo pero en concentrado. Para que se vaya disolviendo poco a poco y te haga soñar cosas bonitas durante toda la noche.

El niño suspira.

-¿Y por qué llevas siempre corbata?

-Por mi trabajo.

-¿Y por qué siempre llegas a casa tan tar…?

-Buenas noches, mi niño.

 

Teleidilio (I)

(pitido entrecortado)

-¿Diga?

-Buenas tardes, ¿es usted el titular de esta línea?

-Sí…

-Mi nombre es Katia. Llamo de Vodafone para informarle de las nueva tarifa para teléfono móvil, fijo e internet. ¿Tiene usted internet en casa?

-Sí…

-¿Le puedo preguntar con qué compañía?

-Con Ono, creo.

-¿Le puedo preguntar cuánto paga mensualmente?

(Silencio)

-¿Señor?

-No… no sabría decirle. Pero puedo… puedo buscar alguna factura.

-Claro, si no es demasiada molestia para usted.

-No… no cuelgue.

(Ruidos)

-Señorita…

-Dígame.

-No… no encuentro ninguna factura. Creo… creo que hace tiempo que ya no la mandan. Creo que no la mandan. Por lo del medio ambiente, me parece.

-No importa. ¿Me podría indicar su nombre?

-Mi nombre… Tristán. Me llamo Tristán.

-Muy bien Tristán. Le informo de que Vodafone ha lanzado una nueva tarifa que, estoy segura, le va a interesar. Se trata de Vodafone ADSL máxima velocidad, es decir, hasta 20 Mb de bajada más llamadas a móviles Vodafone gratis hasta junio de 2012, por sólo 14,9 euros al mes.

(ruidos)

-¿Tristán? ¿me escucha usted?

-Yo, señorita… estoy tan solo.

(sollozos)

Katia presionó el botón de cortar la llamada.

(pitido)

Duele

Como tantas veces había hecho de niño me encerré en el cuarto de baño a llorar. Me senté en el suelo y hundí mi rostro entre mis manos y un trozo de papel higiénico. Por fortuna para mí, nunca se me nota si lloro. Nada de ojos rojos o hinchados. Con lavarme la cara con un poco de agua fresca es suficiente para recuperar mi mejor presencia y volver a la cocina con mi mujer, a continuar cenando en silencio. A ella sí, a ella sí que se le nota cuando llora.

Instrucciones

Nos habían enseñado lo que teníamos que hacer. Era muy fácil. Tirarnos al suelo y taparnos la cabeza. “Así, mira”, me dijo mi hermano. Y sí, se tiró al suelo y se tapó la cabeza. “Ahora tú”, dijo. Y me tiré. Cuando mi hermano se pone serio, cualquiera le desobedece. “No, no”, algo hacía mal. “Parece que estés escuchando música con unos auriculares. No te has de poner las manos en las orejas, te las tienes que poner encima de la cabeza. ¿Qué pasa? ¿Que no te llegan los brazos? Que yo sepa tienes los brazos como los de todos los niños”. Y, cogiéndome las manos, me las estiraba para que me taparan la cabeza. Estuvimos ensayando toda la tarde, sin demasiado éxito. Aunque, la verdad, al final yo ya me hacía un poquito el tonto. Era más divertido así.

Es curioso lo que se nos pasa por la cabeza en algunos momentos. Aquel día, cuando mi hermano y mi madre tiraron de mi y me gritaron “¡Al suelo!”, lo único que pensé es que mi madre no lo estaba haciendo bien, que sólo usaba una de las manos para taparse la cabeza y, con la otra, nos protegía a mi hermano y a mi. Yo, la verdad, es que me hice un lío. Ya no recordaba con seguridad si debía taparme la cabeza o taparme las orejas. Pensé que mi hermano me iba a pegar una buena bronca cuando acabara todo aquello.

Luego lo pensé mejor. Pensé que lo mejor hubiera sido taparme los ojos en lugar de los oídos. Pensé que hubiera sido mejor no ver caer aquella bomba allí, delante nuestra, en la calle Stradum, ni ver a aquellas personas saltar por los aires como si fueran los bolos de la feria. Es una imagen que no me saco de la cabeza.

Mi hermano no me riñó después. Apuesto que él también hubiera preferido taparse los ojos.

 

1964

-Son las doce horas, un minuto y quince segundos.

-¿Causa de la muerte?

-Parada cardiorrespiratoria.

-¿Cómo está la madre?

-Perfectamente –y, con vaguedad, añadió-, es su cuarto parto.

La enfermera continuó garabateando en el informe. El médico se levantó pesadamente, con la mirada un tanto perdida.

-Voy a comunicárselo a la familia –dudó unos instantes-, llévate esto de aquí, que no lo vea nadie.

La enfermera dejó el informe y, con cuidado, cogió en brazos al bebé. Éste, al notar calor humano, se calmó al tiempo que abría la boquita, buscando mamar.

crimen y castigo

El público aplaudió y el estruendo fue para él como si alguien lanzara cientos de bombillas contra el suelo. Todo le sonaba a roto, a reforma inútil y, como con cuidado por romper los pedacitos, se levantó a recoger el premio. Cuando quiso centrar su mirada en algo que no se moviera como un tiovivo se encontró a sí mismo subido a un escenario, ante un atril, con innumerables cabezas en penumbra contemplándole, esperando sus palabras. El silencio le pareció entonces muy preciado, como un bálsamo contra las grietas.

“Durante 40 años has sido un ejemplo, como juez y, sobre todo, como persona“, le dijeron. Ni una mención a la mujer a la que estranguló en su juventud ni a aquellos ojos desorbitados que, ajenos a cualquier jurisdicción humana, fallaban noche tras noche: Culpable. Culpable.

Alguien tosió. Ese catarro le sacó de su ensimismamiento. Y arrancó, por fin, palabras de su interior fracturado: “Señores, he de hacerles una confesión.”

campeón

 

En ese momento, el estadio enmudeció. Fue como, si asustados por la potencia de los focos, los ruidos de la noche y sus habitantes se hubieran callado y retirado a sus guaridas. Comencé mi vuelta mirando el suelo, mis pies, mi bastón, notándome observado por el vigilante, el que había accedido a flanquearme la entrada y a encender los focos para mí. “Sólo una vuelta, señor”, me dijo. Poco a poco, lo sentí: el olor, la sensación de aquella tarde, aquel año, cuando fui segundo en la final. Vi al dorsal 3 adelantarme, escuché los griteríos, la última curva, la última recta, dejé caer mi bastón, un último esfuerzo, otra vez primero, cruzo la meta, levanto los brazos. Campeón. Campeón.

gitana

Era la boda del siglo. El hijo del más prestigioso letrado con la hija del juez más prestigioso. Todo relucía. Sólo una nota discordante. Aquella muchacha delgada, agitanada, vestida de rojo sangre y tocada con un extraño birrete a modo de pamela que nadie recordaba haber invitado. Cuando se dieron el sí quiero saltó como un resorte, profiriendo palabrotas y maldiciones a voz en grito, sin dejar de hacerlo a pesar de que los invitados más atrevidos procedieran a su detención y a su expulsión de la iglesia.

El chófer de la limusina la contempló sin dejar de fumar. La chica se levantó, se sacudió el vestido, se recolocó su sombrero raro y, con los ojos encendidos de orgullo, le dijo:

-Me quiere, ¿sabe?

El chófer alzó la vista, sonrió, tiró el cigarro y abrió la puerta de la limusina. El novio salía a la carrera de la iglesia.

efecto

Atrapada tras los barrotes de una raqueta perdida, aquella mariposa soñaba con provocar un huracán en Texas.

Fernando (uno de tantos)

Fernando entró en el supermercado antes de volver a casa. Era casi la hora de comer y no había demasiada gente. En el hilo musical sonaba una canción que le agradaba. Alguna vez había intentado aprender a tocar la guitarra pero había terminado por desistir. Trasladado a otros mundos por la música que escuchaba, trataba de emularla, pero al poco se sentía deprimido por su torpeza, como si a la espalda se le pegara un diablillo que le chupaba la sangre y le debilitaba cuando lo intentaba. Su sensibilidad para con la música parecía sólo de entrada, no de salida. Era de los pocos objetivos, sino el único, que Fernando abandonó a las primeras de cambio, sin su habitual constancia y paciencia, incómodo ante la sensación de que derribaba cosas con su torpeza. Sin embargo, su guitarra no dejaba su cuarto, no era retirada al trastero o tirada a la basura. Fernando la conservaba como en un estado de hibernación, muerta en apariencia pero con un hilo de vida, con un calor latente que explotaba de tanto en tanto, como un cometa de órbita irregular, como una orquídea de una clase exótica de forma que, cuando Fernando percibía su rebullir dentro de la funda, la liberaba de su exoesqueleto e intentaba de nuevo hacer fluir sus dedos, con el ceño y el corazón fruncidos, hasta que, debilitado de nuevo, exhausto, enterraba la guitarra en su ataúd de cuero, como Julieta Capuleto, muerta y no muerta.

Madre se acuerda de él todos los días en los que debió ser mi cumpleaños. Al poco tiempo de lo del vertido tóxico vino a casa. Era un abogado muy elegante. Vestía camisa amarilla y pantalones grises. Estuvo hablando con madre, padre ya no estaba. Llevaba un maletín con un pequeño candado y olía a verano. A madre la llamaba por su nombre y le rozaba la mano. Ella no entendía, decía, sólo sabía lo que su marido repetía en las cenas, que aquello no podía durar, que cualquier día la fábrica iba a explotar, que ustedes no le hacían caso, qué sé yo. El abogado suspiró y abrió el maletín. Le dio a madre dinero y alguna instrucción. Madre se retorcía las manos pero firmó el papel que el abogado traía. Satisfecho, se levantó. Madre también, trabajosamente. El hombre me tocó a través de su barriga. Noté el calor de su mano. Madre no pudo dormir de la ansiedad. Yo tampoco.

donante

Tal vez si hubiera preguntado dónde, me hubiera encontrado. Estábamos cerca, en la misma planta del hotel, separados por un pasillo y unas pocas habitaciones. Pero no tenía por qué preguntar. Por aquel entonces ni siquiera nos conocíamos. Muy probablemente nos encontramos alguna vez en el ascensor. O en el bar. Yo solía ir por la noche. Es atractiva la figura de un bebedor solitario, sentado en la barra, con secretos que contar. Poco importaba que mis secretos no le interesaran a nadie. Ni siquiera a ti, nunca te acercaste. Quizá mañana sí que preguntes por mí. Rebusques en tu memoria si me viste. Buscando entender.

purgatorio

¿Y cuándo será el incendio? ¿Cuándo será? ¿Cuándo? ¿Cuándo arderá todo lo que tiene que arder? Los viejos esperaban con impaciencia, los jóvenes miraban al infinito, todos con arrugas en los ojos, anhelando la llegada de las llamas. En aquella tierra nunca caía la lluvia, nunca se mojaba el campo, las mujeres se lavaban con tierra, los niños lloraban gotas de sal y los pájaros las picoteaban antes de que llegaran al suelo. En aquella tierra, la tierra era tierra y la roca era roca. Allí la tierra nunca era tierra mojada, allí nunca olía a hierba verde, a hierba fresca, a excursión de caracol. Allí las gentes chirriaban como viejos goznes, con sólo un anhelo, con sólo una aspiración que pudiera olfatear un sabueso: arder en el infierno y servir, por fin, de barbecho para sus hijos. Y los hijos de sus hijos.

mi raton

Era una buena excusa para seguir vivo: mi pequeño ratón, el único amigo que hice aquí, en esta cárcel sombría, en estas cuatro paredes solo heridas por un ventanuco tan inalcanzable como mi libertad. 

Apareció de la nada. Me desperté y allí estaba, mirándome como si leyera mi alma, como si pudiera juzgar si yo era una buena persona o no, si merecía o no estar allí encerrado. Iba y venía cuando quería y yo contaba las horas, impaciente, entre sus visitas. 

Le quería. Era mi ratón.

Un día noté su llamada desde la puerta. Estaba abierta. No daba crédito. Seguí a mi ratón y él me guió por una cárcel, ahora desierta, hasta la salida. Mi ratón había emitido un veredicto. Eres inocente y aquí tienes la libertad. Lo miré y, en un movimiento apresurado, lo aplasté con mi pie. 

Volví a mi celda y cerré la puerta tras de mí. Te has equivocado, pequeño ratón. Soy culpable.

sara

Sara no había vivido demasiado. Eso pensaba ella. Aunque quizá eso fuera discutible. No era del todo consciente pero seguía sufriendo de una curiosidad irrompible por la naturaleza humana. Desde que era pequeña se dio cuenta que no era como la mayoría de la gente. Al menos en un sentido. Era incapaz de pasear por la calle y cruzarse con alguien y no mirarlo, no buscarle los ojos, no elucubrar una vida, una historia, no enamorarse o esperanzarse con que se enamoraran de ella. No entendía cómo lo hacía la gente, en general, cómo paseaba por la vida, por la calle, por las plazas, por el paseo, sin que el resto del mundo llamaran su atención, sólo mirando al suelo, o mirando al frente, como con un objetivo ya marcado antes de salir de casa. Sara lo pasaba mal en las aglomeraciones de gente, sobre todo por la saturación de información, por la información que era incapaz de asimilar. Saltaba de unos ojos a otros, de una cara a otra, de una vida a otra, de un amor a otro, de una esperanza a otra, de un recuerdo a otro, de una música a otra y, con frecuencia, ni siquiera oía lo que le decían los que la acompañaban, tan abstraída estaba en la vida que le rodeaba. Un día Sara fue más rápida que su igual, un hombre en el que reconoció su misma naturaleza, curiosa, humanista casi. Le sorprendió con el mismo baile de miradas, pero desde lejos, antes de ser descubierta. No intentó atraer su atención. No se cruzaron sus miradas. Le observó durante unos minutos, su caminar, sus gestos y, finalmente, lo perdió. Pero Sara se sintió, ese día, acompañada. Y, a sus 80 años, era un sentimiento nuevo y dulce.

en tierra prometida

Hace mucho, mucho tiempo, Dios creó la tierra, creó el cielo, creó el agua y los mares, creó a los animales y a las plantas, creó al hombre y a la mujer y, dándoles el paraíso les dijo: “Ea, ¡a vivir que son dos días!”.

Muchos años más tarde Dios vino de visita con su mujer a la Tierra y comprobó, apenado, que el paraíso había sido asfaltado y que los humanos se tomaban las cosas mucho más en serio de lo que a Él le hubiera gustado.

cerveza

Miró el fondo de su vaso, contrariado. Se dio cuenta, demasiado tarde, de que los males de los que se había olvidado eran todo lo que tenía.

Juliana

Juliana retomó el camino a casa, enfadada consigo misma. Sus pasos eran rápidos, su cabeza gacha. Parloteaba por lo bajo y, en ocasiones, movía las manos, como si éstas quisieran gesticular pero no acabaran de atreverse. Se cruzó con alguna gente a la que no quiso mirar directamente para no verse en la obligación de saludarla. Ni pensar en detenerse a hablar con algún conocido que exigiera más que un breve movimiento de cabeza. Seguro que todavía quedaban de esos. De conocidos que todavía no debían saber que se había vuelto loca. Conocidos que le preguntarían con naturalidad sobre su vida, sobre su casa, sobre su salud. Conocidos que todavía querían jugar a la pantomima. Tan irreales, tan artificiales como actores de Kabuki. Sin embargo, Juliana se arrepintió de haber pensado así, de haberse tratado como loca. Sintió un pequeño arrebato de autocompasión y sus ojos se llenaron de lágrimas. Las dejó hacer. Su visión se volvió borrosa pero se esforzó por no parpadear, como obligándose a una cierta penitencia. Sus piernas hicieron su trabajo y la llevaron, ajenas a las elucubraciones de Juliana, hasta su casa. Allí, dentro, Juliana dio rienda suelta a las urgencias de su interior. Su voz ronca parloteó como no se atrevía a hacerlo en la calle, sus manos completaban los movimientos que habían quedado incompletos y sus ojos, libres ya de lágrimas, relampagueaban, ora de tristeza, ora de furia, ahora de pena, ahora de desolación.

Era todos los días igual. Más o menos a la misma hora. La hora en la que volvía de su búsqueda, la hora a la que ya se había rendido y ya todo le molestaba, la hora en la que vivía en un permanente síndrome de abstinencia. La hora en que le molestaba su cuerpo, le molestaba su casa, le molestaba su soledad, los colores de sus paredes, sus trastos de siempre, los trastos intrusos, sus viejas fotografías, sus viejos recuerdos, su viejo reflejo en el espejo. Le molestaba su corazón, al que veía viejo y gastado, como un hueso amarillo, como un viejo egoísta. Le molestaba no sentir el calor que sentía, invariablemente, todas las mañanas. Entonces, la esperanza por encontrar aquello que estaba buscando le borraba todos los malos recuerdos, la ponía de pie, le estiraba la piel, le iluminaba los ojos, la hacía más bella, a ella y a su ropa, a ella y a su mundo.

Pero, por las noches, todo le parecía de nuevo fútil, vacío y, lo único que deseaba, era dormir, olvidarse de todo hasta el día siguiente. En vano acudió a su cabeza cierta lucidez, cierta conciencia del reloj de arena en el que se había convertido su vida, de cómo comenzaba el día repleto, de cómo perdía sin remedio granos y granos de energía, de cómo acababa sus días, vacíos. De cómo alguna mano invisible daba la vuelta, invariablemente, cada día, a su reloj de arena para que, al despertar, estuviera de nuevo repleto. Se daba cuenta de que estaba perdiendo la cabeza, que debía serenarse, debía calmar su ánimo, convertirlo en una playa serena, utilizar esa arena de otra manera, no dejándola a merced de la gravedad. Pero, lo que más pánico le daba era que una mañana se despertara y que, al que se encargaba de darle la vuelta a su reloj le hubiera pasado algo. Que se despertara tan vacía como había quedado la noche anterior.

Algo la distrajo. Oyó un gato maullar. Reconoció el maullido. De algún cachorro. De hambre. O, más bien, de llamada. Habría perdido a su madre. Agudizó su oído. Salió de la casa, siguiendo el sonido. No lo soportaba. Nunca había podido soportar ese sonido. Al poco lo encontró, al gatito. Se dejó coger sin miedo, pero no dejó de maullar. Era un cachorro de pocos días. Nunca había soportado ese sonido. Le causaba más ternura que el llanto de un bebé. No podía evitarlo. Lo llevó a su casa y lo pegó a su cuerpo. Le dio calor, le calentó leche. El gatito pronto ronroneó y se durmió, pegado al vientre de Juliana. Ella quedó en vela toda la noche.

bullying

-No te preocupes mi niño. Tienes que hacer como si no los oyeras.

-…

-A ver, ¿qué te dijeron ayer?

-Se ríen de mí. Dicen que soy un monaguillo que huele a sardinas.

-¿A sardinas? Valiente tontería. Hazme caso, si no les sigues la corriente te dejarán en paz.

-Pero eso es casi peor. Es que no tengo ni un amigo.

-Los amigos vendrán. Si eres paciente todo se arreglará.

-¿De verdad?

-Claro que sí. Venga, date prisa que hoy tenemos interrogatorio a las 9.

El Sr. Honorio, juez de primera instancia, suspiró. La luz de cocina de su piso de soltero parpadeaba. Se levantó y guardó la lata de sardinas de su desayuno en la nevera. Tomó su paraguas y salió, rumbo a los tribunales, como en los últimos 15 años. En la pechera de su camisa, junto a unas manchas de aceite, descansaba, rebelde, alguna miga de pan.

Federico

-Perdona, ¿qué dijiste?

-Dame más vueltas morenita.

-¿Cómo?

-Nada…

-¿Qué estás leyendo?

-Nada.

-Va, ¿qué lees?

-Cosas.

-Ya.

Giró la cabeza, agachó el cuerpo, tratando de leer la portada del libro.

-An-to-lo-gía… ¿Antología?

Ella dejó caer el libro, abierto como lo tenía, sobre sus rodillas, ocultando la portada. Estaba sentada en el suelo, apoyada contra el armario. Su cabeza se reflejaba en el espejo por detrás, su cabello, su nuca, sus orejas.

Él giró sobre sí mismo, hizo rodar su silla de ruedas, volvió a apoyarse sobre su escritorio. Trató de concentrarse. O de parecer concentrado, leía una y otra vez “en el seno de una familia de posición económica desahogada, el 5 de junio de 1898.” sin entender.

-Ten cuidado con mis hojitas.

-¿Qué?

-Nada.

-Buf.

La miró, ella sonreía ahora.

-Deberías estudiar algo –dijo él.

-Estoy estudiando.

Siguió leyendo, sentada en el suelo. Su cabeza se reflejaba en el espejo del armario. Su cabello, su nuca, sus orejas.

Él respiró profundamente, como si llevara con paciencia una enorme carga. Movió el ratón de su ordenador, buscó la carpeta de música.

-¿Quieres que ponga música?

-Dame más vueltas alrededor.

-Me estás tomando el pelo.

Volvió a mirarla, temiendo realmente que se estuviera mofando de él. Ella volvió a sonreírle, sin levantar la cabeza, sólo los ojos.

Él notó algo, hizo rodar su silla hacia la puerta. Ella le siguió con la mirada.

-¿Dónde vas?

-Al baño.

Salió. Ella echó su cabeza hacia atrás. Pegándose a su reflejo. Cabello con cabello, nuca con nuca, orejas con orejas. Miró al techo. Qué bonito era. Cerró los ojos y murmuró.

-Jugando a la noria del amor. ¡Ay! No puedo decirte, aunque quisiera, el secreto de la primavera.

el pintor

La respuesta a su pregunta es fácil. En casa teníamos una estufa. Una de esas antiguas. Grandota, de metal, con un gran tubo que llegaba casi hasta el techo. Nunca la vi en marcha. De hecho, de estufa sólo tenía el nombre, para mi era el garaje de mis pequeños cochecitos de metal, para mi hermano era el escondite de sus cigarrillos, para mi padre un adorno estupendo, para mi madre un trasto que siempre estaba sucio, para mi abuela era también algo, pero no sabría decir el qué. Aunque debía de ser importante porque se podía pasar horas mirándola, y su cara era la viva imagen de la felicidad. Yo creía que le recordaba al abuelo, mi hermano pensaba que a su juventud. Mi padre opinaba que a los años en los que trabajó en la fábrica y mi madre que simplemente le había cogido cariño a la dichosa estufa, como se lo hubiera podido tomar a la mesa de la plancha. Yo quería mucho a mi abuela, y el corazón me dio un vuelco cuando, un día, al volver del colegio, en lugar de la vieja estufa se erguía, orgullosa, una lámpara de pie. De diseño. Fue imposible consolarla. A mi abuela, digo. Yo le decía que se la habían llevado a reparar y que pronto la traerían, mi hermano que, en el fondo, una lámpara de diseño era casi lo mismo que una estufa decimonónica, mi padre que aquella lámpara tan bonita debía alegrarle la vida a cualquiera. Y mi madre que dónde iba a parar, lo rápido que se podía limpiar ahora. Y así comenzó mi carrera de pintor. Hasta que no logré plasmar una copia exacta de la vieja estufa y ver sonreír de nuevo a mi abuela no descansé. Y hasta hoy…

Pedro Esperanza

Nadie en varios kilómetros a la redonda sabría decir su nombre, simplemente apareció una buena mañana de febrero, tiritando de frío, medio desnudo, apretujado contra el muro del granero. No hablaba, pero padre le dio algo caliente que comer y un techo donde dormir. También le enseñó a ordeñar las vacas, a limpiar los establos, a esquilar a las ovejas. Trabajaba duro y, a veces, sonreía. Padre no lo hubiera reconocido nunca, pero le había tomado cariño. Y yo también. Un día llegó un coche, un matrimonio, gente de bien, hablaron con padre, movían mucho la cabeza. Padre señaló al granero y caminaron hacía allí, el matrimonio con prisa, padre con pereza, todos a la misma velocidad. Quise avisarle pero no me dio tiempo. Se lo llevaron. Se llama Pedro. Me lo dijo, bajito, al oído.

terapia de pareja

Supongo que todo es una cuestión de vocación. Cuando es muy fuerte es inútil luchar contra ella. Estudié Derecho, pero por encima. Dedicaba mis ratos libres y liberados a todo lo que tuviera que ver con la Psicología. Me hice abogada matrimonialista y, por inercia, monté un despacho especializado del que lo único que me gustaba era el color mandarina de las paredes, la plaquita que puse en la columna de entrada y el tañer lejano de las campanas. Una pena. Para colmo, el primer matrimonio que vino a formalizar su divorcio presentaba un claro cuadro de exceso de expectativas en la pareja que solucioné en un par de sesiones. Ya han pasado unos años y de mi despacho todavía no ha salido ningún divorciado. Pero no tengo problemas con los vencimientos de las facturas. Las personas reconciliadas con el amor y con su pareja son enormemente agradecidas. Y generosas.

mi abuelo

Mi abuelo Benedetti estaba enfermo de historias. Muy enfermo. No le dejaban descansar, le desvelaban por las noches y le despertaban cada mañana. Le nublaban la vista y el juicio. Para él eran peores que estar endemoniado, peor que una droga. Sólo escribiéndolas sentía alivio, a modo de sangría. Las historias le volvían, pero, cada vez más pronto, llamando a su puerta, exigiendo ver satisfechas sus urgencias, encastradas en sus venas, enredadas con sus nervios, con su corazón. Él decía que tenía dos corazones, el de sentir y el de contar. Se me murió el año pasado y siempre que puedo voy a visitar su tumba. Le leo cuentos para calmar su enfermedad, me da pena imaginármelo sin poder aliviarse de su mal. Son cuentos que escribo yo. Ahora entiendo su forma de mirarme. Afectuosa, casi acariciando, pero con tristeza. Él ya sabía que yo también iba a enfermar de historias.

Pasear

Astillero. Fotografía de Ignacio Cagigas Dos Santos Cruz

Siempre vengo hasta este astillero. Todas las tardes, sobre todo en invierno. Es en esta época cuando más me gusta pasear por aquí. Mi ánimo siempre ha sintonizado con el vaivén de las olas, con los barcos difuminados en la niebla, con la soledad, con la tremenda soledad que todo aquí desprende. Sin embargo, no me siento sola aquí, siento que me acompañan las barcas, las olas, la vieja y majestuosa grúa, siento que me acompañan en mi soledad, que no estoy sola, que tantas soledades están por fin acompañadas. No vengo a buscar nada, pero todas las tardes vengo aquí, sola, a mirar el mar y, acompañada, me vuelvo a casa.

Remero

Allá en la Finca Amarilla cuidábamos de Remero todos. Era una obligación sobre la que los niños no nos planteábamos su necesidad o su justicia. Era como quitar las malas hierbas o recoger las algarrobas en septiembre, como poner cepos para las ratas o barrer las hojas muertas del platanero que se colaban en la cocina. Algo que había que hacer si no queríamos recibir algún grito o quedarnos sin permiso para bañarnos en la balsa en verano. Los días eran cortos y el tiempo pasa rápido cuando el hambre acecha y azota o si la mucha o poca agua arruinaba los polvorientos sembrados de la familia. Si algo recuerdo de los años en la Finca Amarilla es eso, el hambre, el sabor a polvo de cualquier cosa y el olor a almendras amargas del cobertizo de Remero. Nuestra familia había cuidado de él desde que el padre de mi abuelo había cercado la Finca, expulsado a los gatos monteses y criado a unas pobre cabras que llevaban el peso de sus huesos con dolorosa indolencia. Ya entonces vivía Remero en el cobertizo, cuatro paredes de una piedra más maciza que la Finca. Padre siempre contaba la misma historia en Nochebuena, que era el único día en el que se permitía vaciar las botellas de vidrio negro, llenas de un licor que sabía, además de a polvo, a fuego y a manzana. La historia de cuando el padre de mi abuelo encontró a Remero moribundo, cómo lo escondió, le curó las heridas, le alimentó y le dio cobijo, cómo Remero le recompensó haciendo florecer los sembrados sin agua, haciendo engordar las cabras, haciendo engordar también a sus corazones de alegría, cómo fueron aquellos los buenos tiempos de la Finca Amarilla. Remero era desde entonces la brújula de la familia, el Dios misterioso al que había que atender en todas sus urgencias para que los hijos del padre de mi abuelo tuvieran qué llevarse a la boca, y los hijos de sus hijos, y los hijos de los hijos de sus hijos, es decir, nosotros. Padre se quejaba cada año con más amargura. Los años malos se sucedían, apenas él recordaba la última bonanza, la última merced de Remero, aún menos sus hijos, para los que la vida siempre había sido hambre y polvo. Quizá aprendí de mi hermano mi odio por Remero, un odio irracional, visceral, como se odia a un enemigo del que nunca se ha visto la cara, del que uno no imagina más que una intención malévola en su existencia. Quizá lo aprendí de mi hermano, el mayor. Él escupía en la comida que había que llevarle diariamente, aunque tuviéramos que quitárnosla de nuestras bocas. A veces incluso orinaba en ella. Una noche, emborrachado por el fuego en el que al final del verano quemábamos los rastrojos, transporté las chispas hasta el cobertizo y marché corriendo, escapando de las llamas que prendían rápidamente, de los gritos de aquél ser informe y atemporal al que nunca había visto más que por porciones. Seguí borracho aquella noche, todos parecían borrachos, hasta el viento, hasta los árboles, hasta las estrellas parecían borrachas. También mi familia, que empaquetaba sus pocas pertenencias, gritando, llorando, riendo, mirándome extraño; porque quisieron marcharse sin mi, encerrándome en el sótano, con los ojos borrachos de miedo, hasta mi hermano el grande temblando como un potrillo recién nacido. Todavía borracho grité y grité en el sótano, rompí todo, corrí chocándome con las paredes, buscando un atisbo de luz, hasta que caí dormido, debí haber caído dormido, porque recuerdo despertar, recuerdo que me despertó Remero, u otro como él, otros como él. Mirándome, informes, atemporales, los únicos seres impolutos en aquél mundo de polvo. Volví a dormir, debí dormir porque recuerdo despertar de nuevo, salir del sótano, contemplar la nada amarilla, contemplar que no quedaba ni una piedra de la Finca Amarilla, ni un hueso de mis padres, ni de los padres de mi padre, ni de los padres de mi abuelo, ni de mi hermano el grande. Quedándome sólo, sin asideros, echando de menos al polvo y al hambre, con un profundo pozo de incertidumbre en mi, un pozo sin fondo. Pero sigo buscando, sin saber por qué, sigo buscando a Remero. Quizá para que me seque este pozo de incertidumbre, quizá para pedirle perdón.

Sepultureros

Vivía en un cementerio, su padre era el sepulturero y, junto a su madre y sus hermanos compartían y crecían en una casa anexa a la sacristía. Claro, jugar entre las tumbas, esconderse en los panteones y correr entre bloques de nichos era para él tan normal como ver ponerse el sol todos los días. En el colegio aprendió a sentir algo parecido al orgullo cuando comprobó el efecto que provocaba entre sus compañeros decir que vivía entre los muertos. Ojos y bocas muy abiertas que, por puros azares del destino, desembocaron en admiración y respeto en lugar de burla, quizá por su aspecto, grandote, cejijunto, malcarado y silencioso.

Su madre era un alma sencilla y alegre a la que no le preocupaba que sus hijos crecieran en un camposanto. Pasaba su tiempo con ellos y comprobaba que, a pesar de las muchas normas y horarios que debían respetar, eran los usufructuarios de un pequeño y soleado terreno. Podían correr y saltar a su antojo, seguros entre los muros que lo delimitaban y no había muchachos tan lozanos y robustos como él y sus hermanos en todo el pueblo. Se sentía contenta y casi una privilegiada.

Su padre era también una persona silenciosa, grande y fuerte, con una continua expresión de contenida pena en su rostro. Cuando se presentó a solicitar el empleo, el sacristán no pudo imaginar mejor comparsa para oficiar los funerales que aquel gigantón, que más parecía un monumento a la tristeza que un sepulturero y no dudó en concederle el puesto. Ya de naturaleza silenciosa, los primeros años que ejerció su cargo fue todavía más hermético, de una manera instintiva se sentía avergonzado por no haber encontrado una forma mejor para sacar adelante a su familia. Si bien la vergüenza era como un pequeño pero cierto caparazón que llevaba consigo desde que comprendió que lo suyo no eran los libros, o más bien, desde que sus padres, médico y maestra respectivamente, lo comprendieron, aunque nunca acabaran de entender cómo habían parido un hijo tan diferente a ellos y a sus hermanos.

Pues bien, las gentes del pueblo se acostumbraron a asociar su presencia con la muerte, a sentirse tristes cuando aparecía, como si no pudieran evitar imitar su máscara de pena. Quizá hubiera acabado siendo un borracho si su naturaleza hubiera sido un poco menos bondadosa o responsable, o si simplemente se le hubiera ocurrido tomarse un coñac en lugar de su acostumbrado café con leche. Gaseosa en verano. Poco a poco se le fue pasando la vergüenza, como se le pasa a la gente el luto por alguien perdido, delante de sus ojos veía una esposa feliz y cariñosa y unos hijos sanos y respetuosos y la tristeza tornose de forma cadenciosa pero continua en satisfacción y serenidad, dejando atrás para siempre su pequeño y cierto caparazón de tristeza.

Los tres hermanos varones salieron al padre y ninguno de ellos era demasiado amante de los libros y el estudio, con lo que quedaba definitivamente confirmado que la herencia brillante de los abuelos paternos resultaba, también, definitivamente enterrada en algún escondido pliegue genético.

Alba María era la más pequeña de los hermanos, la única niña y, al contrario que los demás, había salido a su madre. Alegre, parlanchina, menuda y frágil. Ella sola hablaba más que su padre y todos sus hermanos juntos aunque, los primeros años de su vida, fue un continuo desvelo para sus padres. A menudo caía enferma o padecía algún accidente en su afán de seguir a sus hermanos mayores en todo cuanto hacían. No podía saltar tan alto, correr tan rápido ni pegar tan fuerte como cualquiera de ellos hacían sin el menor esfuerzo. Él, el mayor de los hermanos, siempre estaba pendiente de ella, girando la cabeza cada dos minutos para comprobar si los seguía, buscándola con la mirada ansioso cuando no sentía su charla ininterrumpida. Desde que nació la tomó bajo su protección silenciosa pero poderosamente. Rara vez la tocaba o le prodigaba cualquier tipo de mimo, pero cuando la velaba en sus fiebres su mirada era tan intensa que pareciera que la quisiera sanar a fuerza de fruncir el ceño. Su madre ya había renunciado a intentar separarlos cuando Alba María caía enferma. Se preocupaba por él, porque no podía ser sano pasar la noche sin dormir, sin otra dedicación que mirar sin pestañear a su hermana, pero también se sentía enternecida por el amor fraternal que él sentía. También aprendió a descifrar el estado de la salud de su hija según el grado de concentración de su hermano. Cuando él se levantaba y, agotado, volvía a su  cama, su madre sabía ya que a las pocas horas Alba María iba a amanecer otra vez con apetito y ganas de parlotear.

Los años pasaron y él, el hermano mayor, pareció heredar la máscara de tristeza que otrora llevara su padre, su silueta de gigante insensible no se correspondía con su corazón tan vulnerable como un pajarillo, con unos ojos que, a menudo, parecían ver el drama detrás del más insignificante de los objetos, de las situaciones, con unos brazos que podían mantener un carro en vilo pero que, a menudo, caían inertes e inermes, con unas piernas que vadeaban los más vivos arroyos pero que, a menudo, no podían mantener el peso de sus propias lágrimas. Sólo su enormidad se veía reconciliada junto a Alba María, su agitación calmada, su fatiga vencida, su alma amansada.

Mario era el hijo del lechero, un muchacho enclenque del que Alba María cayó enamorada. Era huérfano de madre y su padre nunca se había preocupado demasiado de él, bienpensando que los hijos se crían prácticamente solos con un poco de pan con leche y unos pocos estudios. Su estrafalaria, aunque inconsciente, forma de vestir y su forma callada de caminar llamaron la atención de Alba María, su aire tranquilo, un rostro hermoso y una mirada bondadosa hicieron el resto. Se enamoraron como se enamoran los jóvenes y se querían como se quieren los ancianos. Todas las tardes oían el timbre de la bicicleta del hijo del lechero y todas las noches volvía Alba María con los ojos todavía más iluminados y con la vida rebosando por todos los poros. Todas las tardes él, el hijo del sepulturero, se quedaba recelando, inquieto y paseando por el cementerio como una fiera enjaulada y todas las noches, cuando ella volvía parecía como si le volvieran a dar permiso para respirar y quedar tranquilo.

A Mario lo hirieron un día, en una tarde como cualquier otra, montado en su bicicleta camino del cementerio, pedaleando todo lo rápido que sus piernas le permitían, un coche forastero lo arroyó y, sin mirar atrás, se dio a la fuga, dejando al hijo del lechero inmóvil sobre el camino, a unos pocos metros de su destino, con apenas un hilo de vida que él, con los ojos muy abiertos y sólo pensando en Alba María, se resistía y resistía a soltar.
Pasó la tarde y nadie pasó por el camino hasta que, entre sus lágrimas, Mario lo vio a él, al enorme hermano de Alba María, al hijo del sepulturero, a aquel gigantón triste que lo miraba torvamente siempre que la iba a recoger y que ahora lo recogía del suelo como si fuera una bolsa de trapos. Aguantó el dolor hasta que llegaron al cementerio y pudo ver a la otra mitad de su corazón, a Alba María, tan rota como él, corriendo a su encuentro. Después, cayó desvanecido.

Cuando despertó volvió a verlo a él, al gigante triste, estaban los dos solos en una habitación oscura, si bien había una tercera persona que no alcanzaba a distinguir con claridad, como si fuera alguien desenfocado. También los oyó hablar, aunque la boca del hermano de Alba María seguía tan cerrada como siempre. Le gustó el sonido de su voz, suave, cálida y reconfortante, pero también firme y decidida. Nunca antes le había escuchado hablar y aunque no entendía nada de lo que decían, se sentía cada vez mejor, no se preguntó nada, ni dónde estaba, ni quién era la tercera persona ni por qué, cada vez que la miraba, pareciera como si cayera una lluvia sobre sus ojos. Ni siquiera se preocupó de no encontrar a Alba María a su lado. Confiado y tranquilo, volvió a cerrar los ojos y durmió.
Sus padres no lo habían educado para odiar, y él no podía soportar ver cómo su hermana se moría por dentro tan rápido como se estaba muriendo Mario. Como otras tantas veces hiciera con Alba María, lo veló durante varios días seguidos, manteniéndose despierto, a la espera de que llegara ella, la muerte, para intentar convencerla de no llevarse esa vida consigo. A la parca no le sorprendió demasiado encontrarlo allí, durante los últimos años, siempre que había pasado por la casa del sepulturero de aquel pueblo perdido, allí se encontraba con aquel chico que nunca parecía dejar de crecer, que le miraba fijamente y le hablaba con dulzura. No era el único, pero a él en particular le había tomado cariño, harta como estaba de brujas escandalosas y espiritistas grandilocuentes. Una y otra vez a lo largo de los años y allí, en su propio terreno, en un cementerio, se dejaba vencer y convencer por aquel extraño muchacho, apiadándose de su tristeza y sin llevarse a la única que lo parecía iluminar, Alba María. Y aunque aquella vez era diferente, aunque a aquel muchacho enclenque no lo conociera de nada y sus heridas fueran mortales de necesidad, también aquella vez se marchó sin lo que había ido a buscar.

Pero partió contenta de haber vuelto a ver al hijo del sepulturero.

el flaco

El flaco canturreaba una canción, mientras su padre faenaba en el bar, limpiando vasos, reponiendo bebidas, el flaco sólo se sabía de memoria una estrofa, y la iba repitiendo de vez en cuando, como buscando apoyo.

Flaco era su apodo, como podía haberlo sido cualquier otro, no era más flaco que la mayoría, pero así le llamaban sus amigos y algún adulto despistado. El flaco se sentía secretamente orgulloso de tener un apodo, se sentía más individualizado y, en cierto modo le daba algo de vergüenza su propio nombre, como si careciese de personalidad o como si se hiciera llamar así, fuera dándose importancia. Prefería que le llamasen Flaco a que le martirizasen insultándolo de forma más reiterativa en tanto en cuanto más le azoraba la burla. Tenía miedo a las burlas y desprecios de sus compañeros ante las que poco sabía hacer, más que parecer más merecedor de ser alguien de quien burlarse y a quien despreciar, o eso pensaba él por aquel entonces.

El flaco lloraba a menudo, muchas veces sin motivo aparente, o eso pensaba él. El flaco soñaba y leía, leía mucho, se sentía bien cuando leía. El flaco no quería sentirse solo, pero buscaba la soledad, de su cuarto, de sus juegos, de su bicicleta, de sus tebeos, de sus libros, de sus silencios. Quizá lloraba porque no tenía nada porque llorar, porque tenía prisa por vivir, no veía el camino.

El flaco se encontró un día una flor que volaba cautiva chocando con los cristales del bar y la rescató, dejándola volar libre.

su norte

−No me creo que llames desde El Bonillo.
−Sí, papá, ¿desde dónde quieres que llame?
−Pero entonces… ¿ya has vuelto de la guerra?
−Nunca he estado en la guerra, papá, el que estuvo fuiste tú, no yo.
−Vaya, se lo tengo que decir a tu madre, estaba muy preocupada, la pobre.
Con su padre siempre es lo mismo, hace años que es así, Antonio ya está acostumbrado a su particular senilidad, al calidoscopio de recuerdos y olvidos que construye y derriba cada día en su cabeza. Su madre cuida de él y es la que mejor le ha enseñado a tomarse con sentido del humor su progresivo desdibujamiento. Siempre quiso ser enfermera y encontró en la enfermedad de su padre una piedra de toque que, paradójicamente, acabó por acercarla más a él. Su vocación fue superior a cualquiera de sus sueños, que los tenía, que compartió con Antonio y de los que su padre nunca llegó a percatarse. Dejar El Bonillo, volver a su Barcelona natal, abandonar a su padre. Hoy los ve felices. Los ojos de su madre rebosan energía y vitalidad y su padre nunca hubiera podido resistir vivir sin ella.
−¿Le has comprado algo a tu madre para su cumpleaños?
−Claro papá, nunca se me olvida. Hala, cuelga y nos vemos en un rato.
Durante la comida familiar su padre le dirige miradas cada vez más hurañas.
−Hay que ver lo que traga este electricista. A ver cuándo se pone ya usted a trabajar.
Los hijos de Antonio no tienen reparo en tomárselo a risa.
−Dí que sí abuelo, este hombre no da un palo al agua.
Pasó el rato, llegó la hora de irse, los hijos de Antonio plasmaban besos rápidos en las mejillas de sus abuelos. Antonio paseó su mirada por las viejas fotografías que superpoblaban el aparador. En una de ellas aparecía su padre en su época de actor. Se le vuelve a pasar por la cabeza lo paradójico de la situación, el hecho de que la enfermedad de su padre fuera lo que, finalmente, impidió que su madre lo abandonara, cómo algo a priori cargado de tristeza había aportado felicidad a ese hogar, cómo algo que separaba por naturaleza había llegado a unirlos de nuevo.
Antonio sale a la calle acompañado de sus hijos y de su madre. El más pequeño de ellos vuelve a recoger una chaqueta olvidada.
−Lo del electricista ha estado bien, abuelo –le dice al oído al padre de Antonio.
Él no dice nada, no le mira. Sólo se sonríe.

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